30 de julio de 2009

La estrategia actual del sindicalismo peruano

No es un tema fácil entender la estrategia sindical de la CGTP. Desde la ultra izquierda se reciben muchas críticas a la aparente lentitud, reformismo o paciencia de la central mariateguista a la hora de convocar paros, huelgas y movilizaciones. Los ultras, claro, viven generalmente en un mundo maravilloso donde la revolución se encuentra a la vuelta de todas las esquinas, al alcance de la garganta más fuerte. Como el dirigente del Partido de los Trabajadores... de Chiclayo, que en Lima pide paro de tres días y en su ciudad con la justa logra animar una movilización de un par de horas.

Y a la vez, para la derecha antidemocrática local, la CGTP es poco menos que uno de los jinetes del apocalipsis. Los empresarios no nos desean ver en las negociaciones colectivas, ni asesorando a los sindicatos de empresa. Para unos muy poco y para otros demasiado.

Para entender es necesario ponernos de acuerdo primero, en algunas cosas.
El movimiento sindical en el Perú es débil. La tasa de afiliación sindical es una de las más bajas en América latina (alrededor de 8,65%) y ya se ha interrumpido la tendencia de crecimiento de los años anteriores. Másaún, la debilidad del sindicalismo local tiene diferentes rostros, por decirlo de alguna manera. La fragilidad orgánica es tal vez la más importante. Por ejemplo, la CGTP articula una red bastante precaria de sindicatos, federaciones y territoriales con diferentes tradiciones, liderazgos e identidades. Si bien todos nos reconocemos parte de una misma membresía, los niveles de autonomía de cada parte son muy altos -que es lo mismo que los bajos niveles de coerción desde la confederal-, por lo que sostener en el tiempo acciones colectivas resulta muy difícil.

La debilidad económica del sindicalismo es también una seria limitación. A diferencia de algunas muy exitosas ONGs, los sindicatos disponen de escasos recursos. La alta autonomía descrita líneas arriba se expresa lamentablemente en el no pago de las cuotas sindicales. En este tema, que exige un post especialmente dedicado, solo cabe señalar que el problema no es el trabajador sindiclaista. El afiliado cotiza bien y regularmente. Los sindicatos no siempre cotizan a sus federaciones y éstas casi nunca a la confederal. La debilidad económica, -no es necesario profundizar más-, limita el radio de acción de la institución y nos hace dependientes de la solidaridad internacional.

Otro problema, y muy serio, es la brecha generacional existente entre nuestras filas. La crisis sindical de los 90s, provoco que el natural proceso de renovación de cuadros se interrumpiera dramáticamente. A mediados de los 90s era casi imposible encontrar un dirigente sindical menor de 3o años, hoy ocurre algo similar. No hay dirigentes en base cuatro. Los hay menores de 30s y mayores de 50s. Este vacío tiene un impacto en los códigos de comunicación, simbología y tradiciones ciudadanas (para ya ni mencionar a las tradiciones políticas). Esto dificulta aún más, los necesarios pocesos de renovación y promoción de nuevos liderazgos.

Otro problema necesario de mencionar es la partidarización de la acción sindical, al punto de llevarnos a divisiones y paralelismos abusurdos. En general, como lo he señalado en otros artículos, cada periodo de crecimiento sindical ha venido aparejado de una profunda división y enfrentamiento. Las actuales rupturas no son materia de estrategia gremial, ni de fracturas transversales; se trata de disputas partidarias en las cúpulas sindicales. Si bien hemos aprendido el valor de la unidad durante la crisis de los 90s, algunos sectores creen que aún es posible, un sindicalismo de correa de transmisión y cooptación partidaria.

Esos son algunos de los principales problemas que enfrentamos. Ciertamente, a pesar de lo dicho, el movimiento sindical es -a mi juicio-, lo más estructurado, representativo y democrático en la sociedad civil actualmente. Lo cual, no dice tanto de nosotros, como de la debilidad en que anda el resto de la sociedad civil (y no, algunas ONGs no son la sociedad civil).

La estrategia sindical actual es el resultado de una reacción frente al fracaso de una estrategia previa. Para entender esto hay que hacer un poco de historia. Durante el fujimorismo, la acción sindical estuvo duramente reprimida y cuestionada. Algunos olvidan que el secretario general de la CGTP fue asesinado por el Grupo Colina y así como Pedro Huilca, muchos otros dirigentes cayeron por la acción criminal de militares y senderistas.

Para la dirección sindical a fines de los 90s resultaba claro que en la dictadura fujimorista no era posible atender las demandas gremiales, por lo que priorizar una agenda de propuestas laborales era una estrategia errada. Luchar por derechos laborales buscando la fiscalización de la autoridad estatal era imposible, pues el fujimorismo defendía a los empresarios en los ministerios, en el congreso, en el poder judicial, en los medios de prensa. Por eso la CGTP decide asumir la recuperación de la democracia como un primer paso fundamental para la defensa de los derechos laborales.

Para esta labor, la izquierda era demasiado débil. Asi, se empiezan a establecer acercamientos con otras fuerzas democráticas en aquella época. Aunque no se mencione a menudo, pero todos reconocen que la Marcha de los Cuatro Suyos tuvo en el aparato organizativo de la CGTP a su principal apoyo.

La caída de la dictadura abre un proceso de transición democrática. La CGTP es incorporada al Acuerdo Nacional y al Consejo Nacional de Trabajo. Sus dirigentes aparecen en medios de prensa y ya no son ridiculizados o vistos como terroristas. Deja de ser un ente sospechoso o apestado. En ese momento, la dirección sindical define la estrategia sindical y coloca en la derogatoria/reforma de la legislación laboral fujimorista su principal atención.

El objetivo de la CGTP durante el gobierno de Paniagua y Toledo es restablecer un sistema de relaciones laborales más equitativo, tutelar y democrático. Las herramientas eran el diálogo social y la nueva Ley General de Trabajo. En el 2002 se nombró una Comisión de Expertos, -entre ellos estaba Javier Neves Mujica- para elaborar un anteproyecto de Ley General de Trabajo.

Se asumió que en democracia era posible llegar a un acuerdo con los empresarios, quienes aceptarían una modificación a las reglas de juego fujimorista. Al principio, las cosas salieron bien. Se levantaron casi todas las observaciones de la OIT a la legislación laboral peruana. El AN y el CNT formaban subcomisiones y entre reuniones empresarios, estado y trabajadores redactaban documentos y más documentos.

Bueno, estamos en el 2009 y no hay Ley General de Trabajo (y no la va a haber). Ya no estamos en el Acuerdo Nacional y hemos suspendido nuestra participación del Consejo Nacional de Trabajo. ¿Qué pasó?

Los empresarios fueron el sector del fujimorismo que salió mejor parado luego de la caida del dictador. Hay militares y políticos juzgados y presos, pero ningún empresario. Y varios, asiduos visitantes del SIN y receptores de las donaciones de Montesinos ameritaban por lo menos un juicio. Los empresarios se reciclaron rápidamente y entendieron que con o sin el dictador, la legislación laboral no podía cambiar. Un amigo sindicalista español me decía que haber aceptado que las decisiones del Consejo Nacional de Trabajo sean por consenso y no por mayoría, ya implicaba la esterilidad política del mismo. Y la verdad que tuvo razón. Al hacer que todo sea mediante consensos bastaba que los empresarios dijeran "no" para detener cualquier discusión o acuerdo.

A pesar de eso, durante el primer lustro del dos mil apostamos muy fuerte al diálogo social como vía para instaurar cambios sustanciales al marco normativo de las relaciones laborales.

¿Habían otras opciones? Probablemente. La dirección sindical asumió que el Estado era lo suficientemente autónomo para imponer dichos cambios. Doña correlación de fuerzas fue olvidada. El poner el acento en la reforma jurídica, dejaba al Estado como el principal interlocutor del reclamo gremial, librando a los empresarios de toda responsabilidad.

Siguiendo una idea de Norberto García, de esta manera, no se estimula el fortalecimiento del actor sindical, sino se le hace dependiente del Estado. Obviamente, esta no era la intención del sindicalismo peruano, pero probablemente sea un resultado de las debilidades descritas.

Lo que queda claro, es que dicha estrategia fracasó. El diálogo social para alcanzar la reforma jurídica demostró ser ineficaz. Más de siete años y no hay Ley General de Trabajo. El despido arbitrario, la temporalidad de los contratos, la deformación de la negociación colectiva y el irrespeto de la libertad sindical no han podido ser abordados de manera consensual.

Entonces, en el último congreso sindical de 2007, la CGTP renovó su dirección, asumiendo Mario Huamán la secretaría general. Huamán en buena cuenta traía una mirada diferente. El cambio de gobierno implicó la necesidad de reevaluar la estrategia seguida. Al principio, el discurso gubernamental hizó pensar que aún el diálogo social tenía un espacio de viabilidad. Luego, la implementación de un gobierno sordo y de derechas fue cada vez más clara. La alianza entre el aprismo y el fujimorismo mostró claramente los limites a los que se podía llegar desde el juego democrático.

La evaluación realizada por la dirección sindical es que la debilidad del orden democrático impide que los intereses laborales sean debidamente representados en el sistema. La presión de los empresarios sobre el gobierno impide cualquier reforma o mejora sustancial de la situación laboral. En un contexto asi, el movimiento sindical considera que es precondición para cualquier cambio, disponer de una nueva correlación de fuerzas política, que permita al gobierno la autonomía necesaria para imponer las reformas necesarias. Dicha correlación se logra mediante el triunfo electoral de un gobierno de izquierdas que apoye la agenda laboral.

Es decir, la estrategia sindical tiene como centro de su acción, el apoyo a todo esfuerzo democrático por establecer un gobierno de izquierdas. Por esta razón se abandona el Acuerdo Nacional y se participa de la Coordinadora Político Social; se deja en salmuera el Consejo Nacional de Trabajo y se apoya la lucha indígena. Obviamente, la gran prueba de esta apuesta son las elecciones presidenciales del 2011. Una derrota de Ollanta Humala, dejará a la dirección sindical con un serio problema.

¿Es posible articular otra estrategia? Probablemente. Como vemos, el centro de la acción sindical es lo político actualmente. El sindicalismo peruano deviene -en razón de sus debilidades- en una suerte de presión puntual por demandas políticas frente al Estado. Es la lógica de los paros y jornadas de protesta, de alcance nacional. Mientras, las micro luchas negociales, frente a los empresarios son desarticuladas y dispersas. El aumento de sueldos y salarios o la lucha contra los despidos sin estar ausente, no se encuentra al centro de las demandas sindicales. Resulta lógico considerando que la actual estrategia privilegia el escenario político nacional, antes que lo laboral/social.

Pero podría ser diferente... podría articularse una estrategia de acumulación de fuerzas "laboral/social", disputando directamente con los empresarios conflictos de baja intensidad y larga duración por temas como negociación colectiva, reposición de despedidos, libertad sindical, aumentos, contratos, tercerización, etc.

En buena cuenta, la vigencia de la negociación por rama puede alcanzarse mediante una reforma legal o una gran huelga sectorial. Actualmente, estamos buscando un gobierno que nos dé dicha reforma. Ojalá.


ACTUALIZACIÓN AGOSTO

Artículos que replican al presente:



Y mi dúplica: