21 de febrero de 2018

"Trabajadores gratis" propone el fujimorismo


Esta mañana, la congresista Marisa Glave nos informó que en la Comisión Permanente del Congreso se acababa de aprobar el Proyecto de Ley N°1215/2016-CR que modifica la Ley de Modalidades Formativas Laborales. 

En dicho proyecto entre las diferentes modalidades se flexibilizan las "experiencias formativas en situaciones reales de trabajo". Se trata de aquellas que se realizan en empresas y son -como su nombre indica., trabajo real y productivo. Luego señala que no deben ser más allá de 4 horas diarias o 20 semanales (con lo cual podrían ser dos jornadas de 10 horas) y hasta por un máximo de 448 horas en un lapso de tres años. Se trata entonces de una jornada a medio tiempo. 

La novedad es que por tratarse de "formación laboral" entonces "no corresponde subvención económica alguna". Es decir, es trabajo productivo gratuito. Con esto, una empresa puede tener trabajadores GRATIS. Haciendo trabajo real, produciendo ganancias para la empresa y el trabajador no recibe ni un sol. En el Perú estamos regulando la esclavitud laboral bajo el pretexto de la formación. Eso viola los convenios de la OIT entre otras normativas nacionales e internacionales. 

La propuesta obviamente viene de la congresista Bartra con el respaldo de la bancada fujimorista.   

20 de febrero de 2018

Aumento del salario mínimo: debate permanente

Cada cierto tiempo se discute el aumento del salario mínimo o Remuneración Mínima Vital. Es un tema complicado pues conjuga tanto una discusión técnica con un debate político.

Hace una semana, el hasta ahora presidente del país, Pedro Pablo Kuczynski puso en mesa la discusión de un aumento del salario mínimo luego de dos años en que no ha habido incrementos. El anuncio se hace en medio de una seria crisis política que amenaza la continuidad del régimen. Todo parece indicar que se trata de distraer a la ciudadanía con un debate que será extenso e infructuoso.

Hay varios temas que se discuten cuando se habla de incrementos en el salario mínimo. Lo primero es cuantos trabajadores se ven directamente afectados. En realidad no hay cifras exactas que indiquen cuantos trabajadores de manera directa o indirecta perciben el salario mínimo o una cifra cercana al mismo. Un estudio de la BCRP realizado por Céspedes (2005) señala:
  • Al considerar a los trabajadores asalariados del sector privado, a los trabajadores del sector público bajo régimen laboral del sector privado, conjuntamente con los trabajadores del hogar, se estima que el número total de personas que cubriría la ley de RMV en el ámbito nacional sería como mínimo 4,97 millones de personas, cifra que representa el 40% de la población ocupada del país.
En el otro extremo tenemos las declaraciones del abogado Ricardo Herrera (del Estudio Muñiz) que reduce el número de beneficiarios a 200 mil trabajadores que representan el 8% de la PEA asalariada formal que recibe la RMV.  Esta es una definición realmente estrecha y limitada. 

Información más exacta proporcionada por Céspedes señala que se trata de aproximadamente el 18 % de la PEA ocupada de los cuales un millón de trabajadores se encuentran en Lima. Son en su mayoría informales, relativamente jóvenes. Se trata de obreros del Sector Manufactura, Empleados/Independientes del Sector Comercio (al por menor), trabajadores de Restaurantes, Transporte Terrestre, Empleados del Hogar, entre otros.  (Tomado de aquí

El Estado tiene acceso a información más exacta ya sea a través de las planillas electrónicas o de la ENAHO para determinar el número de trabajadores que reciben el salario mínimo pero no se tiene acceso a esa información. El MTPE publica remuneraciones promedio, lo cual distorsiona y no permite entender realmente las variaciones de los salarios.  

Un segundo tema de discusión es el impacto que tienen los incrementos de la RMV. Los empresarios señalan que incrementan la informalidad e incluso el desempleo al ser un desincentivo en las Pymes y Mypes. Sin embargo, esta afirmación no tiene realmente asidero en ninguna investigación académica. 

Cuando se dio el incremento del año 2003 se realizaron tres estudios sobre el impacto del mismo en el empleo. El estudio de Saavedra (2004) para GRADE señaló que en términos generales, el incremento de la RMV no tenía impacto significativo en la probabilidad de perder el empleo. Si hay un impacto entre Por el contrrario, podía haber un efecto positivo en algunos grupos como los jóvenes con secundaria completa  y en algunos sectores de trabajadores informales donde el aumento funciona como un referente. El estudio de Céspedes (2005) señala que hay efectos en la reducción de empleo pero es mínimo. Y asimismo, hay un impacto en las demás remuenraciones, especialmente los que menos ingresos tienen y en los jóvenes. Finalmente, el estudio de Jaramillo (2005) confirma los efectos negativos en ciertos segmentos como los trabajadores pero no es significativo. En general como señala Chacaltana (2006) el efecto neto de dicho incremento fue una leve reducción del empleo pero una elevación del salario medio. No hay estudios sobre el impacto en la demanda agregada y en la expansión del empleo consecuente. 

Hay también evidencia que un aumento del salario mínimo no causa reducción del empleo o mayor informalidad, como se ha demostrado en el aumento de 25% en 2012 que no se ha asociado a menos empleo o mayor informalidad.

Sin embargo, los empresarios insisten en evitar todo tipo de incremento y señalan la necesidad de articularlo al incremento de la productividad. Lo cual puede ser un criterio válido pero no puede ser el único. En otros países de la región los criterios para dar incrementos en los salarios mínimos son la necesidad de los trabajadores (pérdida de poder adquisitivo), el alza del costo de vida, inflación acumulada y como política de desarrollo económico.  

En el siguiente cuadro se ve el valor real de la RMV en el país. Desde el último incremento, su valor se ha reducido, es decir, la capacidad de compra del mismo es cada vez menor por lo que si es pertinente revisarlo para por lo menos recuperar el nivel anterior.  




La CGTP exige un incremento que llegue al valor nominal de 1500 soles que sería un aumento de poco menos del 100%. Los empresarios consideran que eso es poco menos que imposible. Sin embargo, no recuerdan que en hasta setiembre de 1996, el salario mínimo era de 132 soles corrientes y en un año se produjeron tres incrementos consecutivos, llevando al salario mínimo hasta 345 soles (un incremento nominal de 161%). Y no hubo ninguna crisis ni desbalance económico. 

La posición de la CGTP ha sido siempre reconocer que el aumento es una medida adecuada pero insuficiente. Porque mejora ligeramente la situación de los trabajadores menos favorecidos y permite elevar el salario medio de los demás trabajadores. 

Es insuficiente porque en cualquier sociedad democrática, los incrementos salariales dependen de la negociación colectiva entre empresarios y sindicatos. Y este es un instrumento que el estado no desea proteger ni fomentar. El Estado (y los empresarios) han reducido la afiliación sindical a 2.8% en el sector privado mientras se niega a aceptar la negociación colectiva en el sector público. 

Si uno revisa las causales de huelga en el país verá que el principal motivo es el incumplimiento de los convenios colectivos. Es decir, los trabajadores organizados no tienen mecanismos reales para incrementar sus remuneraciones mientras que los que no están organizados tampoco tienen un mecanismo claro sino que dependen de la voluntad del Estado. 

En resumen, el movimiento sindical debe proponer que el Consejo Nacional de Trabajo restablezca la clausula técnica y automática para incrementar todos los años, el salario mínimo. Asimismo, el MTPE debe promover activamente la negociación colectiva, especialmente por rama de actividad para mejorar los ingresos de los trabajadores. 


Referencias

19 de febrero de 2018

La despolitización del sindicalismo peruano


El sindicalismo peruano atraviesa diversos problemas que pueden explicarse por razones internas o externas. Generalmente ponemos más atención a las carencias orgánicas del mismo o a su débil incidencia en la política nacional. Si anotamos que la tasa de afiliación sindical se encuentra en 2.8% entre la PEA asalariada del sector privado podemos entender que el actor sindical peruano atraviesa por una situación sumamente complicada. 

De los diferentes problemas que podemos identificar en el sindicalismo queremos detenernos en uno particularmente importante. Nos referimos al creciente nivel de despolitización del sindicalismo peruano. A pesar que en una primera impresión se podría pensar que el sindicalismo peruano esta fuertemente politizado e incluso radicalizado alrededor de posiciones de izquierda. 

Sin embargo, entendemos por "politización sindical" en primer lugar, la existencia de cuadros políticos partidarios involucrados en los sindicatos desarrollando acciones de proselitismo pero también de apoyo a las demandas laborales. Difundiendo la posición de los partidos políticos y debatiendo con otras posiciones políticas. En segundo lugar, supone la existencia de amplios debates políticos en donde participan las estructuras sindicales de base, intermedias y nacionales. Es decir, tanto los afiliados como los dirigentes intermedios y nacionales. Finalmente, todo lo anterior implica la movilización activa de afiliados y dirigentes en campañas que van más allá de reivindicaciones locales o sectoriales y de carácter laboral. Es decir, el sindicalismo comparte una lectura política de los problemas que le afectan y toma posición sobre toda la agenda política nacional y se moviliza ya sea para apoyar u oponerse a la misma. 

Estos tres niveles de politización se articulan y alimentan mutuamente. Una lectura en clave marxista haría referencia a la "conciencia de clase" por la cual, el resultado de esta politización sería un sujeto social que identifica claramente sus reales intereses de clase en cada coyuntura. 

Bueno, el problema es que precisamente la "politización sindical" así definida se encuentra en serio retroceso en el movimiento sindical. Si uno revisa las últimas movilizaciones sindicales que disponen de una agenda política podemos ver que se han reducido considerablemente en las dos últimas décadas. Las marchas contra el indulto han tenido una participación de sindicalistas pero se trata de grupos de dirigentes sin la presencia de sus afiliados. Sindicatos de empresa que cuentan con más de 100 afiliados están representados por media docena de dirigentes llevando una banderola. A las dirigencias sindicales les resulta cada vez más complicado animar a sus afiliados a movilizarse por causas políticas o que no los afecten directamente. En parte porque los afiliados al sindicato entienden poco o no encuentran interés en las agendas políticas de los dirigentes sindicales. 

En ese sentido, el otro elemento que se ha debilitado es el debate político dentro de los sindicatos. No se trata de que no se "hable de política", sino que "no se discute políticamente". En una vasta mayoría de sindicatos, no hay militantes de partidos y los dirigentes comparten una suerte de sentido común reivindicativo y a veces hasta contestatario. Esto coexiste con discursos y sentimientos anti políticos y más precisamente antipartidarios. Donde el rechazo es compartido tanto para la derecha como para la izquierda.   

En las organizaciones sindicales donde hay militantes de partido generalmente se trata de un único partido de izquierda. Por lo tanto, se habla de política pero no hay mayor discusión pues los cuadros partidarios no se ven obligados a discutir con otras fuerzas. El relato político se trasmite sin críticas ni observaciones a los afiliados que lo asumen con espíritu bastante resignado o instrumental. 

Las asambleas sindicales no son actualmente un espacio de discusión política, donde los voceros de diferentes tendencias, corrientes, partidos o ideologías se enfrentan en combates argumentativos y retóricos. El siglo pasado, la existencia de militantes de diferentes partidos obligaba a debates, discusiones e intercambio de ideas. La asamblea sindical se convertía así en un espacio altamente politizado. Pero lo que tenemos ahora es más bien monólogos que no entusiasman ni sirven de aprendizaje para las nuevas generaciones de sindicalistas. 

Y esto es así porque se ha reducido tanto el número partidos con presencia en los sindicatos como el número de sus militantes. Los cuadros políticos son pocos y de menos partidos. Hay un problema generacional además, pues los militantes tienden a ser los de mayor edad. 

Las causas de este proceso de despolitización son varias y complejas. Tienen que ver con los procesos de cambio en la estructura productiva del país y del mercado laboral, así como el predominio de discursos conservadores y de derecha en el escenario político. 

Para politizar el sindicalismo peruano se pueden desarrollar diferentes estrategias y campañas. Los partidos deben priorizar los espacios laborales y dedicar más activistas y cuadros. Pero esos nuevos activistas y militantes salen de la afiliación sindical. Sin más sindicalistas no tendremos más cuadros políticos entre los trabajadores.  

Una medida sencilla y que puede ser eficaz es promover los debates y discusiones políticas en las asambleas sindicales. Esto no se limita a hablar de política, es decir, a escuchar a una persona dictar una charla. La curiosidad política se fomenta a partir de la confrontación de ideas y no de los discursos interminables y aburridos. 

Para lograr esto, los sindicatos deberían recuperar la participación de "delegados fraternos" en los espacios sindicales. En el siglo pasado, en cada asamblea de base, sectorial o en la nacional participaban "delegados fraternos", es decir, con derecho a voz pero sin voto (esto es importante). Las convocatorias señalaban el número de delegados plenos y fraternos que correspondian por cada base sindical. Un sindicato de empresa podía acreditar por ejemplo, 5 delegados plenos y dos fraternos. Cuando había que hacer alguna votación solamente participaban los delegados plenos. Para hacer más sencillo esto, se entregaban credenciales de diferente color. 

Los delegados fraternos generalmente eran cuadros partidarios (estudiantiles, profesionales o sindicales) que tenían un mayor nivel político y cuyo objetivo era presentar el punto de vista de la agrupación política  sobre la agenda sindical que se discutía. 

De esta manera, los cuadros políticos podían asistir a las asambleas y tomar la palabra, presentar sus puntos de vista y enriquecer el debate. Cada organización política trataba de llevar a sus mejores oradores, a sus más experimentados agitadores para salir airosos en las disputas verbales. 

Recuerdo asambleas donde las discusiones entre troskistas, moscovitas, maoístas, apristas, socialistas eran lo más esperado de la noche. Los trabajadores escuchaban y se inclinaban con aplausos por uno u otro orador. Cada grupo tenía su particular estilo y sus temas favoritos. La agenda sindical se enriquecía con estos intercambios de ideas y propuestas. De esta manera, cualquier asamblea sindical se convierte en una escuela política para los trabajadores y trabajadoras. 

En teoría esto no debería requerir nada más que voluntad política, pues todas las asambleas permiten en sus estatutos o reglamentos la participación de "delegados fraternos". Esta es una de las buenas costumbres del viejo sindicalismo que se perdió en los 90 y que debería regresar urgentemente. 

8 de febrero de 2018

No una sino varias crisis (y qué hacer al respecto)

Omar Cavero Cornejo escribe un texto sobre la crisis que permite plantear algunos temas para conversar/discutir desde el análisis y la acción política. La situación actual ha sido entendida como una “crisis política” que se agrava en el tiempo. Para enriquecer esta impresión inicial, queremos señalar algunos matices. Nuestra hipótesis es que se trata no de una, sino de varias crisis juntas. Y conocer el carácter y alcance de dichas crisis permite entender los diferentes escenarios que se abren en la presente coyuntura.

Como todo análisis político, no se sostiene en el aire, sino en una posición dentro del conflicto social. Los observadores imparciales no existen. Pero siendo parcial del lado de los trabajadores podemos aspirar a cierta objetividad entendida como el predominio de los hechos antes que los deseos.

En primer lugar, tenemos una crisis de gobernabilidad. La misma que afecta a la Presidencia de la República y que se registra en la demostrada incapacidad del gobierno para ejecutar las políticas necesarias frente a los problemas existentes. Ninguna política sectorial del Ejecutivo se ha implementado de manera más o menos exitosa, ni la reconstrucción, ni el destrabe. Los ministros son cada vez más administradores desorientados que promotores de algún objetivo político o social. La percepción general es que muchos en el Ejecutivo, si no la mayoría, están en el cargo porque “chamba es chamba”, como anotó el caricaturista Carlín para un caso particular.

En segundo lugar, estamos en una crisis de representación. La misma que comprende tanto al gobierno como a los partidos en el Congreso. Se trata de una enajenación de los gobernantes frente a los gobernados. La ciudadanía oscila entre el rechazo y la apatía frente a “los políticos”. El desencanto ciudadano se ha normalizado tanto que la mejor manera de hacer política es negando que se hace política. Obviamente, los caudillos tienen alrededor seguidores, pero cada vez más se trata de militantes en actividad, de clientelas o de una mezcla entre ambos grupos. La representación está en problemas cuando los ciudadanos simplemente simpatizantes desaparecen. Un efecto de esto es el crecimiento de los discursos antipolíticos, como de los extremismos de derecha e izquierda.

Finalmente tenemos una crisis de legitimidad. La misma que comprende a todo el régimen político. La democracia representativa recuperada a inicios del presente siglo atraviesa su más grave crisis. Lo que señalamos es que el patrón de corrupción desarrollado por el fujimorismo en los 90s, no fue destruido sino que logró adaptarse, renovarse y diversificarse desde el año 2001. La prueba más simple está en las diversas redes institucionales de corrupción, sorprendidas en el caso Lava Jato, puertas giratorias, Odebrecht, el “club de la construcción” hasta el caso de PPK, pero también en los numerosos alcaldes denunciados por tráfico de terrenos o gobiernos regionales acusados de corrupción. Se trata de una crisis que afecta los valores y normas de comportamiento en las relaciones entre el aparato estatal y la sociedad civil.

Se trata de tres crisis que a manera de círculos concéntricos están superpuestas. Muchos de los síntomas de cada una de las crisis se juntan, mezclan y solapan entre si. Entonces, resulta difícil discernir que es lo más urgente y el impacto de nuestras acciones. Las diferencias en su alcance hace que también sea complicado resolver o superar todas ellas. Algunas salidas podrán resolver una, pero no las otras. Y los resultados pueden ordenar de manera diferente el escenario social.

Un país dividido entre divididos y desafectos

La situación común a las tres crisis es la segmentación del país en acalorados discursos políticos propalados por diversas minorías y una compacta masa de ciudadanos desafectos en general. Bajo determinadas circunstancias parte de los desafectos pasa a engrosar alguna minoría discursiva por un tiempo. Frente a esta situación, la derecha y especialmente los grupos de poder vinculados a las viejas redes de inteligencia han empezado a operar soltando diversas cortinas de humo: tratan de resucitar la amenaza senderista, acrecentar la inseguridad ciudadana o asustar con la presencia de trabajadores venezolanos para crear xenofobia en el país.

Por otro lado, la economía sigue definiendo los desbalances del campo de juego. La incapacidad del gobierno para desarrollar una respuesta a los problemas que de ella derivan ha provocado que los conflictos sociales se incrementen. El Paro Agrario que defiende los intereses de los productores de papa del país ha demostrado que el gobierno carece una política agraria. En estas situaciones, no se trata de un gobierno débil sino de un gobierno represor que prefiere resolver los problemas mediante la violencia que ya ha cobrado la vida de dos campesinos. Se trata de un gobierno débil frente a los empresarios y al fujimorismo, pero matón y abusivo frente a los campesinos y los trabajadores.

La crisis del “antifujimorismo” y las posibles salidas

Como señalaba hace unas semanas atrás, el antifujimorismo está en crisis por tres razones: La primera es la continuidad del modelo de corrupción en el Estado, posible en parte por la débil institucionalidad y el crecimiento económico entre 2002 y 2012. El segundo elemento es el crecimiento electoral del fujimorismo. A inicios de la anterior década muchos pensábamos que eran los momentos finales de este grupo político delincuencial, sin embargo, logró remontar el generalizado rechazo de buena parte de la sociedad y reconstruir una estructura de organización y nuevas lealtades basadas en prácticas clientelares con recursos económicos que son materia de investigación judicial. Finalmente, el tercer elemento es la ausencia de políticas realmente redistributivas acompañadas de una cultura ciudadana. El país ha crecido pero sigue siendo escandalosamente desigual. La sociedad civil no se ha fortalecido y nuestras nuevas clases medias son precarias económica y políticamente. Esta situación explica el bajón que ha enfrentado la lucha “antifujimorista” desde la última semana. No voy a repetir lo que ya sabemos acerca de nuestras debilidades como izquierda. Pero si incidir en un tema que me parece crucial: definir el carácter de la lucha presente.

Efectivamente como señala Omar Cavero hay un tono moral en el discurso antifujimorista. Me consta que fue eficaz a inicios del presente siglo pero ahora obviamente, no lo es. En general, tenemos un arco que va desde “fuera PPK” hasta “que se vayan todos”. En la medida que no logremos decantar esta amplitud de interpretaciones y sentidos de la lucha social, vamos a estar constreñidos a seguir una línea del mínimo esfuerzo. Por eso considero que la derrota definitiva del fujimorismo no sea posible con las viejas banderas del antifujimorismo de inicios del presente siglo. Tal vez, sea necesaria otra matriz política que defina nuevos campos y sentidos políticos. Uno de cuyos sujetos debería ser la "izquierda del trabajo". Es decir, un sujeto político que ayude a definir una matriz política que frente al fujimorismo oponga posiciones en lo económico (antineoliberal), en lo social (anti individualista) y en lo político (radicalmente democrática). De esta manera, el debate ya no será solamente contra el fujimorismo en tanto fujimoristas sino en tanto neoliberales, conservadores, reaccionarios y por supuesto, corruptos.

Colofón

Hay fuertes rumores en los grupos de poder que señalan que los días de PPK están contados. Al parecer, la salida que la derecha ha planeado supone la renuncia del presidente por razones de salud y su reemplazo con el vicepresidente Martin Vizcarra.

Resulta del interés de los sectores populares y laborales que PPK abandone la presidencia. Entonces, su salida es un objetivo político prioritario e inmediato. El peligro de esta salida es que sea negociada para mantener la impunidad de los principales acusados de corrupción como son Keiko Fujimori, Alan García, Toledo y el mismo PPK. En nuestro esquema inicial, el reemplazo de PPK por Vizcarra puede resolver la crisis de gobernabilidad pero no resuelve el problema de representación ni legitimidad. En ese escenario, los trabajadores organizados y los ciudadanos demócratas debemos mantener la consigna de nuevas elecciones generales. Pues, Vizcarra como presidente no va a resolver la crisis política sino será solamente un paliativo.

Finalmente, en este escenario resulta imprescindible garantizar el éxito del Paro Nacional. Pero a diferencia de Omar, considero más importante el éxito del Paro en Lima. En la capital debemos lograr una respuesta contundente en movilización y lucha capaz de reordenar el escenario político. Hay que demostrar en las calles que no vamos a tranzar con un cambio negociado de PPK por Vizcarra. Elecciones generales es la consigna que debemos mantener.

7 de febrero de 2018

Unas líneas sobre migraciones laborales


Hace una semana escribí en OtraMirada sobre migraciones laborales. En el Perú el ingreso de alrededor de 100 mil ciudadanos venezolanos ha provocado diversas reacciones en la opinión pública.

Aquí el texto, que espero sea de vuestro interés. 

Trabajadores, migraciones laborales y xenofobia


16 de enero de 2018

Antifujimorismo, unidad y "guerra de desgaste"

Rosa Luxemburgo

Hay diferencias en la manera que se entiende el carácter, tipo y sentido de la lucha que estamos desarrollando a partir del indulto al dictador Fujimori. De manera esquemática y escueta presento varios elementos que considero pertinente discutir a partir de la actual coyuntura:

a.- El sistema político está atravesado por una red de corrupción a todo nivel. Las investigaciones sobre los principales líderes políticos deben continuar sin excepciones. Políticamente se debe incidir en las investigaciones a Alan García y Keiko Fujimori. Queda claro que los grupos políticos dominantes pretenden establecer un pacto de impunidad.

b.- El post-indulto ha provocado cambios en las correlaciones de la derecha. El fujimorismo enfrenta una importante fractura. La pugna entre Keiko y Kenji no debe ser subestimada ni desechada. Se trata de una disputa entre dos facciones de derecha delincuencial y corruptas. Al mismo tiempo, la división del fujimorismo es la mejor oportunidad que tenemos las fuerzas democráticas para derrotar a esta corriente política. Sin embargo, se trata de una fractura que siendo importante, también puede resolverse en el corto plazo, pues no implica contradicciones objetivas.

c.- El gobierno buscaba una mayor estabilidad a partir de la fractura fujimorista y el apoyo del sector de Kenji Fujimori. Sin embargo, no lo ha logrado porque no hay una ruptura del sector fujimorista. Así, el gobierno carece de apoyo y se ha visto obligado a parchar el Gabinete con cuadros políticos de segundo nivel. De esta manera, el gobierno de PPK no logra estabilidad y la crisis permanece.

d.- Las izquierdas del Parlamento han mantenido tácticas diferentes por lo que no lograban articular una estrategia de acumulación de fuerzas. Es a partir, de la convocatoria de la CGTP junto con otras organizaciones sociales y juveniles que se ha logrado articular movilizaciones en clave de acumulación. por lo tanto, es imprescindible mantener el Comando Unitario de Lucha como un espacio de coordinación social y política pues sólo así se convierte en un factor de poder popular.

e.- La lucha “antifujimorista” es de carácter democrático popular, por lo que no es necesariamente, una lucha contra el sistema capitalista de manera inmediata. Poner por delante las demandas anticapitalistas es reducir la convocatoria y debilitar el “frente antifujimorista”. Sin embargo, si es nuestra tarea incidir en la conciencia de las masas para acelerar la evolución de la lucha antifujimorista en una propuesta programática de izquierda, es decir revolucionaria.

f.- La estrategia que la actual coyuntura nos impone es de una “guerra de desgaste”, es decir, insistir en las movilizaciones en las principales ciudades, articulando las luchas sectoriales y regionales. Mantener la protesta ciudadana durante los próximos meses, sin darle tregua al gobierno. El objetivo es bloquear todas las iniciativas del gobierno. Sólo así podremos acumular fuerzas y crear las condiciones para nuevas elecciones y asamblea constituyente.

20 de diciembre de 2017

La crisis del "antifujimorismo" y cómo superarla


Los sectores más liberales ahora proponen que renuncien los vicepresidentes en caso de vacancia. Rosa María Palacios alude al "derecho de insurgencia". La idea es "asustar" al fujimorismo. Otros sectores confían en la disolución de la vacancia por falta de votos en las próximas horas. Otros apuestan a Vizcarra para reordenar la cancha y dar la pelea antifujimorista que PPK nunca fue capaz. Las izquierdas se dividen para variar entre una vacancia sin contemplaciones y otra en cámara lenta; aunque todas confluyen en el llamado inmediato a elecciones generales y asamblea constituyente como remedio para todos nuestros males. Muchos, entusiasmados con los calores veraniegos reclaman "que se vayan todos" aunque sin tener claro a dónde ni qué hacer luego. 

Más allá del incierto resultado del proceso de vacancia en curso, al parecer lo que también está en crisis es el "antifujimorismo". Y la verdad es que no me alegra, porque soy completamente contrario al fujimorismo, al que considero el principal de los males en nuestro país. 

Una parte de la complicada crisis que atravesamos afecta a la configuración política establecida a inicios del presente siglo que divide el campo político entre "fujimoristas" y "antifujimoristas". Esta suerte de matriz política que ha definido los sentidos de la política peruana por más de 15 años, está empezando a agotarse. 

En parte, porque esta matriz se basaba en dos supuestos: el primero es que los fujimoristas eran una minoría en repliegue, avergonzada de su pasado corrupto y el segundo supuesto que se desprende del primero, es que la línea que divide a corruptos de honestos es precisamente la que separa a fujimoristas de antifujimoristas. 

Bajo estas premisas se ha desarrollado la política peruana desde el gobierno de Paniagua hasta el actual. Entiendo que la idea detrás era conducir una transición democrática que establezca un modelo de convivencia más sano después de la corrupción del primer y hasta ahora único fujimorato. 

La crisis actual es el agotamiento de esta matriz por tres razones. La primera es la continuidad del modelo de corrupción en el Estado, posible en parte por la débil institucionalidad y el crecimiento económico entre 2002 y 2012. El segundo elemento es el crecimiento electoral del fujimorismo. A inicios de la anterior década muchos pensábamos que eran los momentos finales de este grupo político delincuencial, sin embargo, logró remontar el generalizado rechazo de buena parte de la sociedad y reconstruir una estructura de organización y nuevas lealtades basadas en prácticas clientelares con recursos económicos que son materia de investigación judicial. 

Finalmente, el tercer elemento es la ausencia de políticas realmente redistributivas acompañadas de una cultura ciudadana. El país ha crecido pero sigue siendo escandalosamente desigual. La sociedad civil no se ha fortalecido y nuestras clases medias son precarias económica y políticamente. 

Ahora, al conocerse la manera de operar de empresas trasnacionales como Odebrecht a lo largo de todos los gobiernos desde Toledo hasta el actual, vemos que los sentidos de la política no pueden construirse en base a la oposición clara y transparente entre "corruptos" y "honestos" o entre "autoritarios" y "democráticos". La conducción del campo antifujimorista quedó en manos de tímidos liberales como Toledo o de personajes inconsistentes como Ollanta. Al final, hemos tenido un antifujimorismo light que no ha sabido responder al envalentonamiento del fujimorismo desde el segundo gobierno de García. Y ahora, carece de líderes de alcance nacional. 

De allí toda la confusión y disparidad de criterios para salir de esta crisis. No hay un liderazgo ni banderas claras. La honestidad en un grupo algo más que salpicado de corrupción es insostenible. Nos encontramos pues en un periodo de transición que supone el fin de la matriz fujimorismo/antifujimorismo tal como la conocíamos. 

Pues, la vigencia de las instituciones democráticas debería ser un valor en si mismo, pero estos años la democracia ha estado tan vacía de contenidos que no ha logrado construir lazos de lealtad ciudadana en sectores claves. Por ejemplo en el movimiento sindical.  La actual posición bastante radical del sindicalismo que llama a elecciones generales y asamblea constituyente me parece entendible en tanto el sindicalismo ha sido uno de los sujetos sociales más desplazados y maltratados desde la recuperación de la democracia. 

¿Qué le ha dado la democracia actual al sindicalismo en más de 15 años? No le ha permitido recuperar su capacidad adquisitiva para empezar. Ni ha mejorado la calidad del empleo. Ni ha permitido una Ley General del Trabajo. No hay más sindicatos ahora, por el contrario, tenemos menos sindicatos en el sector privado, que durante los peores años del fujimorato (y sólo eso debería darle vergüenza a la institucionalidad democrática). 

Si bien se logró la reposición de los trabajadores estatales despedidos y una Ley de Salud y Seguridad en el trabajo que desde el día siguiente de su vigencia ha sido atacada y menoscabada por empresarios y Ministerio de trabajo; es muy poco para más de una década de democracia. 

Y esto me permite ingresar a la parte final de mi argumentación. Tal vez, la derrota definitiva del fujimorismo no sea posible con las viejas banderas del antifujimorismo de inicios del presente siglo. Tal vez, sea necesaria otra matriz política que defina nuevos campos y sentidos políticos. Y aquí ingresa la "izquierda del trabajo". 

Es necesario definir una matriz política que frente a los supuestos políticos del fujimorismo oponga posiciones en lo económico (antineoliberal), en lo social (anti individualista) y en lo político (radicalmente democrática). De esta manera, el debate ya no será solamente contra el fujimorismo en tanto fujimoristas sino en tanto neoliberales, conservadores, reaccionarios y por supuesto, corruptos. 

Me queda claro, que esto puede ser posible desde una amplia "izquierda del trabajo" y no desde los debilitados e inconsistentes sectores liberales y tecnoliberales. 

30 de octubre de 2017

Algunas preguntas sobre la Revolución Rusa


En unas semanas se conmemora los 100 años de la Revolución Rusa o más específicamente, del momento bolchevique de dicha revolución. Como sabemos, en febrero de 1917, una serie de huelgas y movilizaciones pone en jaque al gobierno de Nicolás II, Zar de todas las rusias. En medio de la Gran Guerra (Primer guerra mundial) y con Rusia a punto de ser derrotada, el Zar abdica y asume el gobierno una junta de partidos. 

De febrero a noviembre de 1917, se van construyendo las condiciones para la insurrección de los seguidores de Lenin agrupados en el partido bolchevique. De esta manera se establece un modelo de gobierno que va a durar de 1917 al 26 de diciembre de 1991 cuando la URSS es disuelta.  

Pero no se trata aquí de hacer una historia de este proceso. Quien quiera saber más puede ver los siguientes enlaces:



Lo que queremos es pensar de manera crítica lo que representa para la izquierda la experiencia histórica de la revolución bolchevique. Entiendo, que esta semana hay una serie de debates y homenajes en los espacios de izquierda local. Me parece bien, pues efectivamente para aquellos que criticamos la manera que el capitalismo ha construido su orden social, lo ocurrido en noviembre de 1917 en Rusia representa un extraordinario logro político y social. 

Mi aporte en todo caso, espera ser útil y básicamente se trata de plantear preguntas. Cada uno, ya sea de manera personal o mejor si es colectivamente, deberá construir sus respuestas. Si quieren, claro. También es posible, hacer lo de siempre, es decir repetir algo sin cuestionar nada.  

a.- ¿Golpe o insurrección? 
La mañana del 7 de noviembre diferentes grupos de soldados y obreros armados asumen el control de los puentes en la ciudad de Petrogrado, así como la estación de trenes, la casa de correos, la estación de teléfonos y telégrafos para finalmente asaltar el Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional.

Fue una operación que involucró a algunos cientos de personas. Técnicamente podría decirse que fue un putsch, es decir, un golpe de Estado. Por otro lado, la teoría marxista entiende una insurrección proletaria como un amplio movimiento de trabajadores que asumen un nivel superior de conciencia política y de forma masiva derriban el poder burgués. Ahora bien, ¿cuánto apoyo tenían los bolcheviques al momento de tomar el poder? ¿Por qué el comité central bolchevique no estaba tan convencido con asumir el gobierno? 

b.- ¿Disolver la Asamblea Constituyente? 
Una de las principales demandas de los bolcheviques y de las fuerzas de izquierda en Rusia en 1917 era la convocatoria de una Asamblea Constituyente que establezca un nuevo Estado y Gobierno a través de una república democrática representativa. 

Sin embargo, una vez conquistado el poder, Lenin y los bolcheviques -y me parece que con el visto bueno de los eseristas de izquierda- deciden cerrar la Asamblea Constituyente. En la práctica duró algunas horas. ¿Fue necesario disolver la Asamblea Constituyente? ¿Por qué eliminar la vía de una democracia representativa? 

Como sabemos, la disolución de dicha Asamblea fue uno de los puntos que molestaron a Rosa Luxemburgo, la revolucionaria alemana, que estando en prisión en enero de 1918 escribe un folleto donde reúne sus principales críticas a la revolución bolchevique. El folleto de Rosa Luxemburgo esta aquí

Quien escribe una respuesta desde el lado más leninista es György Lukács.  En su famoso libro "Historia y conciencia de clase" incorpora un ensayo donde responde a las críticas de Luxemburgo. Realmente, vale la pena leer ambos artículos. Aquí está el texto de Lukács.

c- ¿Soviets sólo de comunistas?
El argumento principal de los bolcheviques para eliminar el camino hacia una república democrático representativa era que el "modelo soviético" de democracia era superior. Los soviets eran asambleas/consejos que aparecen espontáneamente en la revolución rusa de 1905, para luego regresar en 1917. 

El carácter novedoso del soviet es que reune en sí las funciones legislativas y ejecutivas. Era elegido en distritos territoriales en el campo y barrios en la ciudad, pero también en fábricas, talleres y centros de trabajo; así como en cuarteles y unidades del ejército. Habían soviets de campesinos, obreros y soldados. Cada soviet estableció un "comité ejecutivo" de delegados para coordinar con otros soviets. Obviamente en 1917, en los soviets habían delegados de todas las tendencias de izquierda existentes en Rusia: mencheviques, eseristas, bolcheviques, anarquistas, y las facciones de izquierda de dichos grupos. 

Sin embargo, en unos pocos años, los soviets empezaron a perder su componente plural. Para 1922, los soviets quedan controlados solamente por los bolcheviques. 


d.- ¿Hacia un Estado-Partido?
Con la estructura de soviets controlada por el partido bolchevique, se acelera un proceso mucho más complejo por el cual la naciente estructura del Estado soviético va a construirse en paralelo a la estructura del Partido Comunista de la Unión Soviética, (PCUS). 

De esta manera, algunas oficinas e instituciones del Partido tenía un espejo en la estructura estatal y comprendían las mismas funciones y por ende, a las mismas personas. Esto ocurre como lo señala E. H. Carr en el libro citado líneas arriba, casi como un proceso natural que puede entenderse como la simple ampliación de funciones del Partido obrero hacia el Estado obrero. ¿Es posible establecer la autonomía del Estado en una revolución que entiende al Partido como la representación directa de los trabajadores/ciudadanos? 

Si asumimos que la forma "partido comunista" es la vanguardia esclarecida del proletariado, y que el Estado construido por la revolución es un Estado obrero, resulta inevitable que se traslapen los roles entre Estado y Partido. ¿Cómo superar este problema?

e.- ¿El Partido único es democracia?
Este es uno de los problemas que se deriva de lo anterior. Si la forma "partido comunista" representa per se la voluntad de la clase obrera, entonces obviamente no es necesario un sistema competitivo de partidos. El sistema de "partido único" deriva en parte del carácter omnisapiente que le atribuímos al partido como vanguardia. 

El sistema de partido único tiene problemas. A nivel estructural, todas las sociedades son complejas y resulta imposible representar intereses diversos desde una sola institución política. Para lograrlo se requiere de un aparato ideológico muy poderoso que logre imponer un pensamiento hegemónico y reducir a la periferia toda disonancia. La democracia capitalista logra esto pero con dificultad. La pregunta aquí es si entendemos el socialismo como univocidad o no. 

f.- ¿Cuándo termina una revolución?
Y finalmente, la pregunta que de alguna manera marca el destino de la revolución bolchevique. La oposición entre Stalin y Trotski como sabemos se puede resumir en algunos puntos. Los dos principales me parece que son: revolución permanente versus socialismo en un sólo país. y industrialización forzada versus el camino lento al socialismo. 

En general, el derrotero tomado por la Unión Soviética es mucho más amplio y complejo que el proceso de revolución social que se origina entre febrero y noviembre de 1917. Y los historiadores no logran ponerse de acuerdo acerca del momento en que el contenido revolucionario, subversivo, cuestionador y emancipador que la revuelta bolchevique encarna cede paso a la construcción de un orden institucional que brinda estabilidad.

La pregunta por el fin de la revolución es pertinente porque en la izquierda solemos dividirnos alrededor de este momento. La ultra izquierda defiende una revolución interminable que no concede ni pide pausa. El momento constituyente eterno. En el otro extremo, tenemos el reformismo izquierdista de la revolución que nunca empieza. La búsqueda eterna del cambio que no incomoda. Entre ambos extremos debemos movernos. Con seguridad, las próximas revoluciones lo harán mejor. 





7 de octubre de 2017

De la militancia y nuestra izquierda


Hace unos años, cuando le preguntaron al escritor Manuel Vázquez Montalbán por qué seguía militando en el Partido Comunista cuando ya casi todos los compas de su generación habían renunciado y el eurocomunismo había pasado como una tormenta fría por toda Europa; el respondía “por el militante de a pie”.

Durante muchos años, asumí la misma razón para continuar en mi organización. Cada año sin embargo son menos los militantes de base y los que estamos allí nos hacemos más y más viejos.

Luego de asumir responsabilidades en el Comité Central y en la Comisión Política y no haber logrado ningún cambio sustantivo, en parte por mis propias limitaciones y en parte por la precariedad institucional y las inercias de un partido que no desea cambiar ni pensar radicalmente, (juzgue el lector, el peso de cada parte), y siendo de nuevo un militante de base, sigo aún en el Partido.

¿Por qué seguir militando en el partido comunista?

Ciertamente, no lo sé. O en todo caso, ya no tengo una respuesta genial y clara como la de Manuel Vázquez Montalbán, porque cada vez somos menos y más viejos. Y si bien, ahora parece estar de moda en la izquierda, que los mayores de 60 asuman responsabilidades principales, sigo pensando que no es lo más adecuado en un país con un promedio de edad de menos de 35 años, con una clase trabajadora joven; pero más allá de las consideraciones demográficas; creo que la edad determina también la manera de entender la realidad y tu capacidad de actuar sobre ella. Los jóvenes se equivocan, me dicen. Pero los viejos también lo hacemos. Casi tanto como los jóvenes. Y generalmente es peor porque no tenemos la coartada de la juventud. 

Ahora bien, la mayor parte de los problemas de mi partido, son también los problemas de toda la izquierda. No existe ninguna organización de izquierda realmente diferente y grande en el país. Ni cuantitativa ni cualitativamente. No hay punto de comparación con las izquierdas del cono sur, incluso con Brasil o el mismo México. Lo real es que estamos dejando de ser partidos nacionales para convertirnos todos en tenues alianzas de colectivos regionales o sectoriales.

Y nuestra capacidad de representación está seriamente cuestionada. Los partidos de izquierda perdimos hace más de dos décadas un conjunto de vínculos formales y reales con la sociedad peruana. Con una tasa de afiliación sindical del 7% uno puede tener una idea de que las redes y articulaciones de representación social y política corren por otros lados. Todo lo demás que existe en la sociedad civil o no goza de autonomía por depender económica y por lo tanto políticamente de una ONG, iglesia, empresa o un caudillo; o está limitada a un ámbito local que no incide en la política nacional.

Los sectores populares pueden ser contestatarios y cada cinco años entender quién es el peligro mayor. Pero eso no basta para construir una propuesta de cambio social y político.

El problema se complica aún más porque somos también una izquierda bastante floja. O más precisamente, una izquierda de momentos y “personalidades”. Hay momentos que la izquierda aparece y logra “surfear” sobre una protesta, una huelga, una movilización, un reclamo o un tema. Nuestra capacidad para encauzar, dirigir, prolongar y sobre todo articular esos momentos locales o regionales con otros momentos de mayor amplitud es muy limitada.

Pero están las personalidades. Lamentablemente, las personalidades son eso, personas con popularidad real o ficticia. No hay relaciones orgánicas con referentes sociales. No tenemos ni un solo congresista que defina su agenda, desarrolle su trabajo y rinda cuentas a un colectivo formal de la sociedad civil. Hay compas congresistas que conversan, escuchan y trabajan cerca, pero al final, cada uno mantiene una agenda propia que responde a sus propios y validos intereses y creencias.

Tenemos una bancada sumisa a un caudillo incuestionable en donde solo una cabeza define o tenemos una bancada donde las diferencias programáticas y de prioridades son tan grandes que un día apoyan un determinado enfoque en un tema, para luego afirmar lo contrario, según el sector que se imponga en cada coyuntura. Cuando las diferencias son muy grandes, la búsqueda del consenso paraliza el trabajo colectivo. Y todos en nuestra izquierda tendemos a cierto “nacionalismo metodológico” por el cual, no leemos más allá de algunos autores, ni leemos aquello que sea muy diferente ni discutimos seriamente. Y creemos que lo que pasa en el Perú o nuestra izquierda es algo reducido a nuestras fronteras políticas y a nuestras particularidades históricas. 

Y eso nos permite dejar de pensar y discutir. Temas como Venezuela, la huelga magisterial, la participación de las mujeres en el poder de nuestros partidos y sindicatos, la unidad política para las elecciones son temas claves, pero preferimos bordearlos y no ponerlos en la mesa de manera crítica.

Discutir es definir un tema, articular argumentos basados en hechos factuales y contrastar los argumentos del contrario, que también están basados en hechos y datos. De esa discusión debe surgir una nueva verdad, contingente pero rigurosa.

Discutir no es escuchar una sola versión, que no pueda ser contrastada. No hay proceso de aprendizaje científico sin alguna dialéctica del conocimiento. Hace unas semanas, mi partido realizó una mesa sobre la situación de Corea del Norte. El expositor era el embajador de Corea del Norte. Nadie más. No es un ejemplo aislado. Cosas muy similares ocurren en todos los partidos. Pero si es un buen ejemplo de cómo la práctica política se puede convertir en ritual religioso.

No tenemos el más mínimo interés por conocer la realidad por encima de la propaganda política. No queremos ver nuestros errores y limitaciones. Queremos una fe. Queremos respuestas sencillas que podamos gritar en una marcha. Que nos digan quienes son los malos y listo. Es cierto, que esto es parte de la pobre cultura política de todo el país. El embajador mencionado fue expulsado por el gobierno a los días de su charla. Que mejor prueba de las limitaciones intelectuales y políticas de la derecha en general y del actual gobierno en particular.

Y sin embargo..

La izquierda peruana puede volverse intrascendente, minúscula y frívola. Pero esto no es un país nórdico. Aquí, una trabajadora sigue siendo despedida por quedar embarazada. La misma trabajadora que no puede abortar porque una iglesia medieval se lo impide. La misma que debe criar a su hijo con menos de 250 dólares mensuales y pasar cerca de cuatro horas al día en un onmibús atiborrado de gente que la toquetea impunemente. Y enviar a su hijo a una escuela que no le enseña nada salvo a discriminar, maltratar mujeres y resolver todo con oraciones y desfiles.

Lo que la izquierda no puede olvidar, disimular, o frivolizar es que este país es una mierda para millones de personas. Más que un país, es un sistema de explotación, humillación y maltrato para esos millones. Ciertamente, muchos de ellos aceptan lo mal que lo pasan, pues han naturalizado la explotación y la humillación. Muchos de ellos incluso están dispuestos a votar por su verdugo. También pueden olvidarse de todo y refugiarse en la televisión, el fútbol, el alcohol o el maltrato sistemático de su pareja e hijos. 

Tengo la esperanza que esta situación cambie pronto y en todo caso, tengo la certeza que no va a durar para siempre. Las fuerzas materiales del cambio avanzan y al final, el viejo topo de la revolución asomará su cabeza por donde menos lo esperemos.

Mientras tanto, la izquierda es como esa famosa pintura, La balsa de la Medusa de Gericault. Y a nosotros, a veces nos toca ser el optimista que agita el pañuelo esperando ver un barco salvador y otras como ahora, ser el viejo resignado que espera sin esperar.


25 de agosto de 2017

Libertad para Constantino Tucunan Solano


El día de ayer, en la ciudad de Huancayo, en la zona central del Perú, un grupo de trabajadores sale a marchar. Hay maestros en huelga, trabajadores estatales y obreros de construcción. Llevan las banderas de sus respectivos sindicatos y de la CGTP. Están desfilando de manera pacífica por las calles principales de Huancayo. Uno de los trabajadores lleva la bandera de su agrupación política. Él es comunista, afiliado al Partido Comunista Peruano, una organización legal, que tiene locales públicos, una prensa regular y que publica sus comunicados por los medios legales y las redes virtuales. La bandera es roja, tiene la hoz y el martillo y las siglas PCP. 

La policía observa esto y lo detiene. Ahora Constantino Tucunan Solano va a pasar 15 días en prisión mientras es "investigado". No podrá trabajar para mantener a su familia. 

Este es el ambiente político que se esta gestando en nuestro país. El pretexto del "terrorismo" -que fue derrotado militarmente hace más de 20 años- sirve para que policías que saben perfectamente que no se trata de subversivos, detengan a trabajadores que protestan contra el gobierno. 

Se trata de un clima que simplemente busca consolidar un orden político excluyente, autoritario y antidemocrático. ¿A quién se le puede ocurrir que un "terrorista" va a pasear tranquilamente por la calle con su bandera delante de los policías? 

No hay justificación para un abuso de este tipo. Seguir invocando el temor de Sendero Luminoso es simplemente un chantaje político. La derecha política y empresarial insisten en catalogar de "terrorista" a cualquier manifestación de izquierda o contestataria. Su intolerancia es cada vez mayor. Ya sea contra maestros en huelga, sindicalistas protestando e incluso contra artistas que exhiben su arte que denuncia al fujimorismo. 

La derecha quiere eliminar a la izquierda del escenario político. Quiere regresar al tiempo del silencio y del miedo. Quiere quitarnos nuestros símbolos. No pasarán. seguiremos saliendo a las calles a protestar, seguiremos haciendo huelgas, seguiremos reclamando en voz alta nuestros derechos. Y sobre todo, seguiremos saliendo con nuestras banderas rojas y los puños en alto.