4 de marzo de 2010

La Jota

Los jóvenes en la política siempre son vistos con cautela por los viejos del poder. Su ímpetu y ganas son bien recibidas cuando soplan en la "dirección correcta" pero si no, se les reprime. Este mes celebra 80 años la Juventud Comunista Peruana, es decir, el brazo juvenil del PC Peruano. 

Me uní a la "Jota" cuando tenía 19 años y era universitario. Las reuniones de célula, los sobrenombres, las banderas. Las amistades y el cariño, las discusiones larguísimas y las bromas. Las pintas, marchas y los gases lacrímógenos. Correr de la policía y cuidarse de Sendero. La camarada de la que te enamoras. La Jota tenía mística, es decir, esa disciplina autoimpuesta que nos hace hacer más de lo que debemos y sentirnos mal si no lo logramos.  

En la Jota aprendí lo que es mayoría y minoría. A esperar la próxima votación y a revisar mis argumentos. A ver más allá de la coyuntura y del fin de semana. Aprendí a querer al país de los soviets y sus increíbles hazañas. Aprendí también a verlo tal como es. La Jota nunca fue ni sumisa pero tampoco iconoclasta. En la tradición partidaria, cada ruptura había significado la fuga hacia adelante -o hacia atrás- de todos los jóvenes. Muchas veces el partido vio partir a su Juventud, por ejemplo, cuando llego la fiebre maoísta casi toda la Jota fue el embrión de Bandera Roja. Así los jóvenes nos sentíamos algo responsables por esos tempranos y ajenos abandonos.     

Si bien los universitarios eran cada vez una mayoría compacta, los barriales y campesinos se dejaban sentir. y lo hacían desdeñando las poses intelectuales de los universitarios. En la Jota, el discurso no valía sin una "praxis", sin un trabajo político real que le de sustento. Hablar menos y trabajar más.  

En esa época habían algunos camaradas en la Jota que preferían el trabajo sindical al universitario. No eran muchos, pero eran. Mis primeras asambleas sindicales fueron como el joven de la Jota que viene a ayudar, a cargar papeles, ordenar sillas, cuidar puertas y sobretodo... escuchar. Los discursos, los debates, las ideas de trabajadores reales, de carne y hueso y no esas imágenes de libros y manuales. 

Fue la Jota la que me permitió apoyar en la CGTP hace más de veinte años, cuando Alberto Ramirez trataba de ordenar y dirigir la secretaria de organización. Recuerdo que el primer día me dio un volante, me mostró una máquina de escribir y me dijo en su particular forma de hablar: "Haz un comunicado de esto". Luego de un rato, lee lo que he escrito y le dice sin mucho entusiasmo a otro dirigente: "Se demora pero sabe escribir, se queda". Pocas veces he recibido un reconocimiento que me haya hecho más feliz. 

Cada generación de comunistas -desde los 60s con más precisión- ha vivido de una manera particular su militancia en la Jota. Hoy entiendo que muchas cosas han cambiado. Los universitarios son casi mayoría absoluta y sigo pensando que eso no está bien. Pero en cada reunión partidaria  veo a estos jóvenes alegres, entusiastas, gritando y levantando sus banderas y puños. Y son las mismas sonrisas y la misma fuerza que veía en mis camaradas de la Jota hace tanto tiempo.