14 de agosto de 2008

Olimpiadas, sindicatos y socialismo en China

Cada cuatro años se celebran los Juegos Olímpicos (JJOO). Sobre la base de una vieja tradición griega, la sociedad moderna ha construido una red de gigantescos negocios. Como decía Marx, el capital todo lo sagrado lo vuelve profano, todo lo sólido lo desvanece en el aire, o para ponerlo en términos más económicos, mercantiliza todas las creaciones humanas. Es decir, la actividad deportiva se vuelve una mercancía. No es pues de extrañar que todos los gobiernos se disputen la oportunidad de ser anfitriones en este gran negocio llamado Olimpiadas.

Ahora, las mismas se realizan en la Republica Popular China. Para la izquierda nativa “el tema chino” es uno de esos tabú de los cuales es mejor no hablar en voz alta, pues se corre el riesgo de ofender viejas lealtades y simpatías locales. No es nuestro caso, afortunadamente. Ciertamente, no vamos a discutir el carácter del modelo chino, sino simplemente la complicada situación de los trabajadores y sindicatos en un país antes llamado socialista. El tema que merece pensarse es el rol de los sindicatos en un gobierno “socialista”. No es un tema para historiadores o nostálgicos del ayer. Por ejemplo, los sindicalistas españoles han venido discutiendo este tema de manera interesante:



Como vemos, esta discusión tiene tiempo en los medios sindicales, aquí entre nosotros es medio ausente tanto por nuestra vieja costumbre de no discutir temas complicados, y por el eficaz lobby chino entre las izquierdas y los sindicatos locales.

Desde la época de la revolución rusa, el rol de los sindicatos en los periodos de transición revolucionaria fue motivo de discusión. La vieja polémica entre Lenin y Trotsky en este punto es harto conocida por los más viejos. Para los jóvenes podemos resumirla así: Trotsky sostenía que cuando los obreros tomaban el poder, los sindicatos perdían sur rol de interlocutores y defensores de los intereses particulares del proletariado y pasaban a ser correas de trasmisión del gobierno proletario hacia las masas proletarias. Así los sindicatos de un país socialista no podían hacer huelgas ni reclamos, pues estarían atentando contra el poder obrero.

¿Qué iban a hacer los sindicatos entonces? Vigilar la producción y mantener todo en orden. Lenin, por el contrario señalaba que eso no debía de entenderse así. Que los sindicatos siempre debían mantener un margen de autonomía (esa olvidada palabra de nuestro diccionario) y mantener sus prerrogativas de reclamo, huelga y presión incluso con el poder proletario, pues ya desde temprano entendió que la burocracia estatal podía mediatizar los intereses laborales. Por la debilidad de los mismos, es que Lenin llamó repetidamente a fortalecer la inspección obrera (Rabkrin) como un contrapeso al aparato estatal. Como sabemos, esta polémica termino cuando Lenin muere, Stalin triunfa y aplica los criterios de Trotsky sin mayores escrúpulos.







"La Chinoise" de Godard. Una reflexión sobre el maoismo y la juventud ad portas Mayo del 68









En China, pasa algo así. Ningún comunista puede sostener que la federación de sindicatos oficial (ACFTU) es autónoma y representa los intereses inmediatos de los trabajadores chinos. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado repetidamente la estrecha dependencia de los sindicatos chinos frente al aparato estatal. Según diversas fuentes, cada mes hay más de un centenar de conflictos laborales (huelgas, paralizaciones, reclamos) que son sistemáticamente acallados por la prensa oficial y que son ignorados por los sindicatos oficiales. Los representantes sindicales generalmente son los jefes de recursos humanos o los directivos de las empresas, lo cual puede hacernos dudar de los niveles de representatividad real de tales liderazgos.

A nivel internacional los sindicatos realizan diversas campañas para que se conozca esta difícil situación. hay un debate actualmente en la CSI sobre este tema y se ha abierto un "diálogo crítico" entre la CSI y la ACFTU. No se trata de satanizar la experiencia china, sino de cuestionar a partir de un ejemplo concreto, las difíciles relaciones entre estado y sindicato. Y la necesidad de construir y defender la “autonomía sindical”, es decir, la independencia de clase que nos recordaba Mariategui.

Por eso, cada vez que el sindicato se ha articulado de manera subalterna a un Estado, ya sea proletario, fascista o populista ha dejado de ser sindicato y se ha convertido en una junta administradora en el mejor de los casos. Los casos de España franquista, Italia fascista, el México del PRI y la oprobiosa tradición sindical de la CTM y aquí cerca, el sindicalismo de la CTP aprista, que en cada gobierno alanista, devienen en instrumento de los intereses del presidente, son ejemplos claros de organizaciones paraestatales que no disponen de libertad ni autonomía.