24 de agosto de 2016

Sobre la vigencia del marxismo y la construcción de una nueva hegemonía de izquierda



"En la medida en que el sistema prosiga condenando a segmentos crecientes de las sociedades contemporáneas a la explotación y todas las formas de opresión –con sus secuelas de pobreza, marginalidad y exclusión social–, y agrediendo sin pausa a la naturaleza mediante la brutal mercantilización del agua, el aire y la tierra, las condiciones de base que exigen una visión alternativa de la sociedad y una metodología práctica para poner fin a este orden de cosas seguirán estando presentes, todo lo cual no hace sino ratificar la renovada vigencia del marxismo." 

Atilio Borón 

Atilio Borón es uno de los más destacados pensadores marxistas en la actualidad. Desde hace más de una década viene trabajando en lo que Mariátegui llamaba la "defensa del marxismo", que no es sino, la crítica radical a la realidad existente.

En el marco del Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y revolucionarios de América Latina que se va a realizar en la ciudad de Lima del 26 al 28 de agosto podremos escucharlo en una ponencia central sobre la vigencia del marxismo en América latina. Y esa es una excelente oportunidad para ordenar algunas ideas e iniciar el debate.

El próximo año se cumplirán 100 años de la revolución bolchevique y aunque para los grandes medios de comunicación la fecha pasará desapercibida, estamos seguros que, para importantes sectores sociales, no será así. En 1917, los obreros, soldados y campesinos que iniciaron el experimento bolchevique estaban seguros de inaugurar una nueva era y de empezar la construcción de una nueva sociedad que iba a consolidarse en los siglos venideros. Para ello, tenían en el marxismo, un cuerpo teórico que parecía indestructible; llevado adelante por una vanguardia política ilustrada que representaba a la clase obrera junto con los sectores más pobres de la sociedad rusa. La hora final del capitalismo había llegado.

Un marxismo que crítica

Hoy, 100 años después, el capitalismo domina y reina en el Kremlin y en casi todo el mundo. La clase obrera mundial sufre las consecuencias de esa y otras derrotas políticas. Los herederos políticos del bolchevismo nos hemos dividido en múltiples membresías, peleándonos muchas veces entre sí, con mayor entusiasmo que contra la burguesía.

Efectivamente, desde un poco antes de la derrota de la experiencia soviética se viene planteando la misma pregunta: ¿tiene sentido el marxismo como teoría y práctica política?

Desde entonces, y hasta hoy, los comunistas venimos ensayando diferentes respuestas a dicha pregunta. Algunos -más de los que quisiéramos- han respondido negativamente abandonando las filas del marxismo y la revolución. Otros, disfrazan su desencanto con narrativas postmodernas, que aluden a la estética, los estudios post coloniales en clave cultural, y todo lo que conocemos como post marxismo.

Pero también estamos nosotros. Los que seguimos afirmando el marxismo como dialéctica revolucionaria y aspiramos a una práctica política transformadora de la realidad.

Efectivamente, el marxismo ha sufrido una serie de repliegues en los últimos 50 años producto de la resolución de debates políticos y teóricos en el proceso de la construcción del socialismo.

La misma revolución bolchevique significó un tema de debate entre los marxistas que esperaban el inicio del cambio en alguno de los países de mayor desarrollo capitalista como Alemania o Inglaterra y no en la atrasada Rusia. Luego de resuelta la guerra civil y derrotados los ejércitos restauradores, la revolución enfrentó nuevas disyuntivas, acerca del ámbito y las vías de construcción del proyecto socialista. El "socialismo en un sólo país" fue más una respuesta política que teórica y la industrialización forzada a costa del campesinado ruso significó más que una discusión teórica.

Ciertamente, en ninguna parte el viejo de Tréveris señaló que el tránsito al comunismo iba a ser un camino ligero, continuo y ascendente. Todo lo contrario. La dialéctica en la historia nos enseña que el avance se desarrolla a partir de conflictos alrededor de intereses en contradicción.

El principal legado de la revolución bolchevique, probablemente haya sido construir las condiciones sociales para la derrota del fascismo y así, salvar dialécticamente a la democracia burguesa. A la vez, la posibilidad real de una revolución social encabezada por los obreros asustó tanto a las burguesías europeas que, derrotado el fascismo, permitieron a regañadientes, el establecimiento de Estados de Bienestar liderados por una socialdemocracia domesticada que cambio la promesa socialista por contratos de empleo y seguridad social.

Desde entonces, crecía una burguesía financiera representada por grandes corporaciones trasnacionales bajo la sombra del imperialismo estadounidense. Finalmente, en los 80s, Thatcher y Reagan inician la ofensiva del capital contra las posiciones progresistas.

Desde entonces, esta ofensiva no termina. Se enfrentó y derrotó al socialismo soviético, mientras en China la alianza entre mercado y Estado funciona con éxito y partido único.

Todo el proceso histórico representa un conjunto de retos intelectuales y políticos para el marxismo. La globalización neoliberal nos ha traído el desencanto postmoderno, la desafección en la política y el aparente fin de las utopías de cambio social. La derecha religiosa y política crece y se consolida desde EEUU, pasando por los países nórdicos, acampa en Francia, España e Italia y crece en América latina.

El conjunto de cambios y transformaciones operados en el escenario mundial en las últimas décadas es tan profundo y complejo, que ha mantenido en vilo a buena parte de los pensadores y revolucionarios del mundo. El discurso del "fin de la historia" o el "choque de civilizaciones" se propalan desde la derecha, mientras que, en la izquierda, el análisis dialéctico y de clase, es reemplazado por los estudios culturales, la política de las identidades, la radicalización de la democracia representativa o el Imperio sin imperialismo.

Un marxismo que afirma

Nuestro planteamiento es que la izquierda en América latina enfrenta una crisis del sujeto revolucionario. Es decir, en los años 50s y 60s, la estructura oligárquica de dominación configuraba un escenario donde la alianza obrero campesina era el enemigo principal de la casta oligárquica y por tanto, el sujeto de cambio social. Esta centralidad se ha perdido. En la medida que la dominación capitalista esta disgregada en diversos sujetos de la gran burguesía internacional, no es claro construir un único enemigo del sistema y agente de cambio social.

Para algunas corrientes, el movimiento laboral dejó de ser el sujeto de cambio. En su reemplazo colocan a los estudiantes, a los informales, a los emprendedores, a los microempresarios, a los intelectuales, etc. Otras corrientes han abandonado la pregunta por el sujeto de cambio y lo han reemplazado con conceptos como la democracia o la ampliación de las libertades democráticas.

Para nosotros como comunistas, en tanto, que la principal contradicción general en la estructura de dominación sigue siendo la que opone a las fuerzas del capital contra las fuerzas del trabajo asalariado, consideramos que son los trabajadores asalariados de ambos sexos constituidos en clase, los que encarnan el sujeto de cambio revolucionario en nuestro continente.

Esto no supone descartar o prescindir de los demás sujetos de cambio, sino simplemente de establecer la centralidad del mundo del trabajo en la construcción de un discurso y una práctica de izquierda revolucionaria en el país. Y desde allí, definir una nueva hegemonía política en la izquierda que tenga como centro al mundo del trabajo y que integre de manera dialéctica las demandas, discursos, símbolos y prácticas de las demás fuerzas de transformación.

Una nueva hegemonía política centrada en el mundo del trabajo supone reconstruir y fortalecer los lazos con los trabajadores, recuperar una cultura política, símbolos, prácticas y lenguajes que construyan una nueva identidad de izquierda popular, desde abajo y radical.

Hay que superar el modelo de izquierda basada en la ampliación de derechos liberales. Esa izquierda que la derecha denomina “caviar” y que ya no es ni siquiera reformista, ha construido una hegemonía política que limita la capacidad de propuesta y crítica al sistema capitalista y a su democracia burguesa. La izquierda no puede limitarse a la lucha por libertades democráticas y la defensa de una institucionalidad que solamente funciona para los de arriba.

Se trata entonces un doble movimiento que implique construir el sujeto revolucionario desde el mundo del trabajo y simultáneamente articularlo a los diferentes sujetos de cambio en la sociedad como son el feminismo, el indigenismo, el ecologismo, los derechos humanos, las demandas LGTBI y todas las demás fuerzas anticapitalistas y progresistas.

Se trata de reconstruir una izquierda clasista pero no obrerista, democrática sin ser asamblearia, institucional pero no burocrática y moderna sin ser superficial. Es una izquierda que construya poder popular desde la identidad del trabajo, en todos los espacios donde hay trabajo asalariado. Y desde allí a toda la sociedad, un poder popular que será socialista, feminista, democrático, ecologista y diverso.