8 de febrero de 2018

No una sino varias crisis (y qué hacer al respecto)

Omar Cavero Cornejo escribe un texto sobre la crisis que permite plantear algunos temas para conversar/discutir desde el análisis y la acción política. La situación actual ha sido entendida como una “crisis política” que se agrava en el tiempo. Para enriquecer esta impresión inicial, queremos señalar algunos matices. Nuestra hipótesis es que se trata no de una, sino de varias crisis juntas. Y conocer el carácter y alcance de dichas crisis permite entender los diferentes escenarios que se abren en la presente coyuntura.

Como todo análisis político, no se sostiene en el aire, sino en una posición dentro del conflicto social. Los observadores imparciales no existen. Pero siendo parcial del lado de los trabajadores podemos aspirar a cierta objetividad entendida como el predominio de los hechos antes que los deseos.

En primer lugar, tenemos una crisis de gobernabilidad. La misma que afecta a la Presidencia de la República y que se registra en la demostrada incapacidad del gobierno para ejecutar las políticas necesarias frente a los problemas existentes. Ninguna política sectorial del Ejecutivo se ha implementado de manera más o menos exitosa, ni la reconstrucción, ni el destrabe. Los ministros son cada vez más administradores desorientados que promotores de algún objetivo político o social. La percepción general es que muchos en el Ejecutivo, si no la mayoría, están en el cargo porque “chamba es chamba”, como anotó el caricaturista Carlín para un caso particular.

En segundo lugar, estamos en una crisis de representación. La misma que comprende tanto al gobierno como a los partidos en el Congreso. Se trata de una enajenación de los gobernantes frente a los gobernados. La ciudadanía oscila entre el rechazo y la apatía frente a “los políticos”. El desencanto ciudadano se ha normalizado tanto que la mejor manera de hacer política es negando que se hace política. Obviamente, los caudillos tienen alrededor seguidores, pero cada vez más se trata de militantes en actividad, de clientelas o de una mezcla entre ambos grupos. La representación está en problemas cuando los ciudadanos simplemente simpatizantes desaparecen. Un efecto de esto es el crecimiento de los discursos antipolíticos, como de los extremismos de derecha e izquierda.

Finalmente tenemos una crisis de legitimidad. La misma que comprende a todo el régimen político. La democracia representativa recuperada a inicios del presente siglo atraviesa su más grave crisis. Lo que señalamos es que el patrón de corrupción desarrollado por el fujimorismo en los 90s, no fue destruido sino que logró adaptarse, renovarse y diversificarse desde el año 2001. La prueba más simple está en las diversas redes institucionales de corrupción, sorprendidas en el caso Lava Jato, puertas giratorias, Odebrecht, el “club de la construcción” hasta el caso de PPK, pero también en los numerosos alcaldes denunciados por tráfico de terrenos o gobiernos regionales acusados de corrupción. Se trata de una crisis que afecta los valores y normas de comportamiento en las relaciones entre el aparato estatal y la sociedad civil.

Se trata de tres crisis que a manera de círculos concéntricos están superpuestas. Muchos de los síntomas de cada una de las crisis se juntan, mezclan y solapan entre si. Entonces, resulta difícil discernir que es lo más urgente y el impacto de nuestras acciones. Las diferencias en su alcance hace que también sea complicado resolver o superar todas ellas. Algunas salidas podrán resolver una, pero no las otras. Y los resultados pueden ordenar de manera diferente el escenario social.

Un país dividido entre divididos y desafectos

La situación común a las tres crisis es la segmentación del país en acalorados discursos políticos propalados por diversas minorías y una compacta masa de ciudadanos desafectos en general. Bajo determinadas circunstancias parte de los desafectos pasa a engrosar alguna minoría discursiva por un tiempo. Frente a esta situación, la derecha y especialmente los grupos de poder vinculados a las viejas redes de inteligencia han empezado a operar soltando diversas cortinas de humo: tratan de resucitar la amenaza senderista, acrecentar la inseguridad ciudadana o asustar con la presencia de trabajadores venezolanos para crear xenofobia en el país.

Por otro lado, la economía sigue definiendo los desbalances del campo de juego. La incapacidad del gobierno para desarrollar una respuesta a los problemas que de ella derivan ha provocado que los conflictos sociales se incrementen. El Paro Agrario que defiende los intereses de los productores de papa del país ha demostrado que el gobierno carece una política agraria. En estas situaciones, no se trata de un gobierno débil sino de un gobierno represor que prefiere resolver los problemas mediante la violencia que ya ha cobrado la vida de dos campesinos. Se trata de un gobierno débil frente a los empresarios y al fujimorismo, pero matón y abusivo frente a los campesinos y los trabajadores.

La crisis del “antifujimorismo” y las posibles salidas

Como señalaba hace unas semanas atrás, el antifujimorismo está en crisis por tres razones: La primera es la continuidad del modelo de corrupción en el Estado, posible en parte por la débil institucionalidad y el crecimiento económico entre 2002 y 2012. El segundo elemento es el crecimiento electoral del fujimorismo. A inicios de la anterior década muchos pensábamos que eran los momentos finales de este grupo político delincuencial, sin embargo, logró remontar el generalizado rechazo de buena parte de la sociedad y reconstruir una estructura de organización y nuevas lealtades basadas en prácticas clientelares con recursos económicos que son materia de investigación judicial. Finalmente, el tercer elemento es la ausencia de políticas realmente redistributivas acompañadas de una cultura ciudadana. El país ha crecido pero sigue siendo escandalosamente desigual. La sociedad civil no se ha fortalecido y nuestras nuevas clases medias son precarias económica y políticamente. Esta situación explica el bajón que ha enfrentado la lucha “antifujimorista” desde la última semana. No voy a repetir lo que ya sabemos acerca de nuestras debilidades como izquierda. Pero si incidir en un tema que me parece crucial: definir el carácter de la lucha presente.

Efectivamente como señala Omar Cavero hay un tono moral en el discurso antifujimorista. Me consta que fue eficaz a inicios del presente siglo pero ahora obviamente, no lo es. En general, tenemos un arco que va desde “fuera PPK” hasta “que se vayan todos”. En la medida que no logremos decantar esta amplitud de interpretaciones y sentidos de la lucha social, vamos a estar constreñidos a seguir una línea del mínimo esfuerzo. Por eso considero que la derrota definitiva del fujimorismo no sea posible con las viejas banderas del antifujimorismo de inicios del presente siglo. Tal vez, sea necesaria otra matriz política que defina nuevos campos y sentidos políticos. Uno de cuyos sujetos debería ser la "izquierda del trabajo". Es decir, un sujeto político que ayude a definir una matriz política que frente al fujimorismo oponga posiciones en lo económico (antineoliberal), en lo social (anti individualista) y en lo político (radicalmente democrática). De esta manera, el debate ya no será solamente contra el fujimorismo en tanto fujimoristas sino en tanto neoliberales, conservadores, reaccionarios y por supuesto, corruptos.

Colofón

Hay fuertes rumores en los grupos de poder que señalan que los días de PPK están contados. Al parecer, la salida que la derecha ha planeado supone la renuncia del presidente por razones de salud y su reemplazo con el vicepresidente Martin Vizcarra.

Resulta del interés de los sectores populares y laborales que PPK abandone la presidencia. Entonces, su salida es un objetivo político prioritario e inmediato. El peligro de esta salida es que sea negociada para mantener la impunidad de los principales acusados de corrupción como son Keiko Fujimori, Alan García, Toledo y el mismo PPK. En nuestro esquema inicial, el reemplazo de PPK por Vizcarra puede resolver la crisis de gobernabilidad pero no resuelve el problema de representación ni legitimidad. En ese escenario, los trabajadores organizados y los ciudadanos demócratas debemos mantener la consigna de nuevas elecciones generales. Pues, Vizcarra como presidente no va a resolver la crisis política sino será solamente un paliativo.

Finalmente, en este escenario resulta imprescindible garantizar el éxito del Paro Nacional. Pero a diferencia de Omar, considero más importante el éxito del Paro en Lima. En la capital debemos lograr una respuesta contundente en movilización y lucha capaz de reordenar el escenario político. Hay que demostrar en las calles que no vamos a tranzar con un cambio negociado de PPK por Vizcarra. Elecciones generales es la consigna que debemos mantener.