21 de enero de 2014

Este es el invierno de nuestro descontento... o los problemas de la izquierda peruana



La construcción del Frente Amplio (o como termine llamándose la alianza política que reúne a las izquierdas en el país) es un proceso complejo. Pocos están satisfechos con lo avanzado, con los documentos publicados, con el ritmo alcanzado, con sus silencios e inercias. Esta bien querer más. Es un buen síntoma que cada vez más personas sueñen con una alternativa de izquierdas donde estemos todos y todas y que funcione, opine y movilice. 

No será claro, una tarea fácil. Algunos ya observan las futuras rupturas, las discusiones insalvables y los puntos de no retorno. Las diferencias son muchas, sin duda. Desde valoraciones generales sobre el acento de la acción política, la valoración de la democracia representativa o la política en materia internacional hasta temas más prosaicos como la manera de asignar delegados a un evento interno. Uno podría pensar que es casi normal que en una sociedad tan poco institucional como la nuestra, tengamos las dificultades que tenemos en la izquierda. Y puede ser así, pero eso no nos exime de encontrar explicaciones y alternativas. 

Ahora quiero poner en blanco y negro un tema que aparece a veces de manera tangencial, y que no siempre se discute abiertamente. La brecha generacional. Cada vez me parece más claro que si no es el principal es uno de los más importantes factores para explicar los problemas y ritmos en la construcción del Frente Amplio. 

Existe una brecha generacional entendida como la existencia de dos grandes grupos de edad separados entre si. No hay una relación de continuidad entre ambos. Más claro. En la izquierda local tenemos liderazgos muy claros en "los mayores de 50" por un lado y a la vez, nuevos liderazgos entre "los menores de 40" por otro.  Esto es así porque entre la violencia política, el desastre económico del primer alanismo, la dictadura fujimorista y la reconversión de casi toda una generación de izquierdistas de mediados de los 80s en adelante, hoy puestos de comentaristas de la derecha mediática, asesores de grandes empresas, funcionarios tecnócratas de buen corazón  o simplemente como observadores cínicos de lo que pasa, pues nos dejaron el panorama actual. 

La pugna de liderazgos entre los mayores de 50 y los menores de 40 resulta un proceso casi inevitable. Es como se dice de otros temas, transversal. Esta en los viejos partidos pero también en los más recientes, en algunas ONGs y en los sindicatos sin duda. Es una suerte de Guerra de las dos Rosas en clave local.  

Ahora bien, uno podría estar tentado de pensar que es una disputa entre los malos viejos y los buenos jóvenes, pero lamentablemente no es tan sencillo. Es una disputa de liderazgos antes que de ideas. A veces y en determinados espacios, los liderazgos implican cuotas de poder real. Se trata entonces, de una disputa de poder. 

Y como suele suceder, en estos casos, los que disponen o tienen algún tipo de poder, por más pequeño que nos parezca, ya sea social, burocrático, simbólico o material pues trata de conservarlo con todos los mecanismos que estime conveniente. Y a la vez, estas disputas suelen atraer a aquellos ávidos de poder, de cualquier poder, bajo cualquier forma. 

Al final, todos quieren el cargo principal o por lo menos un cargo, un titulo, una candidatura, un membrete, una silla desde la cual hablar. Los más viejos lo quieren ahora pues consideran que ya hicieron bastante y hay poco tiempo. Los más jóvenes lo quieren ahora pues consideran que los otros no hicieron lo suficiente y hay poco tiempo.  

Ciertamente, estos procesos descubren los claroscuros de la naturaleza humana. Para algunos el reconocimiento simbólico es suficiente, para otros conducir un grupo pequeño basta, para otros acceder a un puesto remunerado es la meta. Para otros, no escuchar criticas, relativizar la democracia, dilatar asambleas y formar argollas es una manera de resistirse al cambio. Todos están apurados en lograr su cuota de poder. Y la falta de escrúpulos para usar cualquier mecanismo esta equitativamente repartida entre jóvenes y viejos. 

Es pues el invierno de nuestro descontento. Hay una izquierda de argollas que defiende intereses privados antes que un ideal colectivo. Y estas argollas son realmente transversales y ubicuas.  Hace unos días una figura de la izquierda joven colocaba un post en su muro de facebook -no podía ser de otra manera- invocando a sus amistades que se alejen, rechacen o ignoren a otra figura de la izquierda local y sus amigos lo apoyan. A su vez, un líder de la izquierda mayor de 50 reclama airado la conducción de una Comisión por encima de la opinión de los que participan en dicha comisión y sus amigos lo apoyan. Y vamos, que cada lector conocerá un ejemplo para cada caso. 

¿Cómo salir de estos impasses, algunos patéticos y otros dramáticos? Bueno pues, que las disputas de liderazgos no sean simplemente por una cuota de poder. La izquierda siempre va a discutir, siempre será complicada y la unidad siempre será en la más amplia diversidad. Que nadie sueñe con dominios absolutos o mayorías sumisas. Con aplausos sin críticas o comunidades sin fisuras. Ni partidos rectores ni dictaduras disfrazadas de hegemonía. Probablemente durante mucho tiempo nuestra izquierda este siempre al borde de la ruptura, pero que sólo sea eso, el borde y que sea siempre por una idea, una estrategia, una perspectiva. 

Con paciencia, compromiso y mucha humildad, los militantes del Frente Amplio (o el nombre que tenga nuestra esperanza) construiremos una izquierda diversa, amplia, democrática, con discusiones pero de ideas, sin anatemizar personas, sin coros griegos, sin argollas de amigos, sin traiciones propias del Ricardo III.