26 de diciembre de 2013

Un debate en España sobre sindicalismo y política

Hace una semana, en el blog "Metiendo Bulla" de José Luis López Bulla se publicó una traducción de un artículo de Ricardo Terzi, importante dirigente sindical de la CGIL en Italia. A partir de este texto, un grupo de sindicalistas europeos ha empezado una interesante discusión sobre estos temas y sus relaciones con otros aspectos del mundo del trabajo. José Luis, de puro amable ha incorporado unas líneas mías a dicha discusión. Les invito, en medio de las agitaciones de estas fiestas a darse un respiro y leer los artículos en cuestión. Realmente, sería importante animar una reflexión seria y rigurosa sobre estos temas en nuestro barrio. Una discusión que como pueden ver no se limita a repetir eslogans o el esquema tradicional que aún tienen algunos compañeros sobre partido y sindicato, sino a pensar los temas y asumir toda la radicalidad de sus conclusiones.


Debate "Sindicato y política"


1) SINDICATO Y POLÍTICA (I)  Ricardo Terzi.  

2) SINDICATO Y POLÍTICA (II)  Ricardo Terzi. 

3) SINDICATO Y POLÍTICA: Isidor Boix 

4) DEBATE «SINDICATO Y POLÍTICA» Francisco Rodríguez de Lecea

5) TODOS LOS LÍMITES DEL SINDICATO. Luciano Gallino 

6) SINDICATO Y POLÍTICA.  José Luis López Bulla.   

7) SINDICATO Y POLÍTICA. Antonio Baylos.

 

Y aquí va mi texto:

Preguntas y notas a una discusión permanente


Hace una década atrás, cuando en Perú tratábamos de explicar las ventajas del diálogo social era inevitable referirse a las relaciones laborales en Europa. La experiencia de los sindicatos europeos que mediante grandes acuerdos nacionales lograban establecer pactos sociales en temas para nosotros inimaginables,  era un motivo de interés y curiosidad. Y más cuando todo esto lo hacían lúcidas dirigencias sindicales en una mesa de negociaciones mientras la masa afiliada esperaba en casa o en el taller. 

Viendo ahora la situación laboral y social de esa misma Europa uno no puede dejar de preguntarse por dónde andarán dichos pactos y acuerdos. Queda claro que el juego social construido alrededor del viejo estado benefactor ha concluido. Lo que era sólido nuevamente se desvanece. De amplias certezas pasamos a múltiples incertidumbres. 

En ese trance, el movimiento sindical europeo se ha radicalizado. Probablemente más en las bases y menos en las alturas como es habitual. Pero hay un cambio importante allí. ¿Cómo explicarlo y entenderlo? El artículo de Ricardo Terzi que el compañero López Bulla ha traducido es un buen intento por responder tangencialmente a esta pregunta. La discusión surgida luego con los agudos aportes de nuestro amigo Isidor Boix y otros sindicalistas europeos me parece imprescindible para todo aquel que ande interesado en el mundo del trabajo y sus derroteros.

Son temas importantes para nosotros, aquí en latinoamérica, porque nos permiten comparar experiencias y especialmente las respuestas europeas a problemas muy similares. Me permito, pues, tratar de apuntar algunas ideas y más que nada preguntas, todas siempre con el buen ánimo que hay entre tripulantes del mismo barco, más allá que tengamos lugares diferentes en el mismo.

Sin burocracia no hay democracia

 Efectivamente, para el sindicalismo europeo el tema de la burocratización es fundamental. Terzi, comparte la mirada pesimista de Michels sobre el impacto que tiene la lógica burocratica en instituciones que buscan el cambio. Las grandes burocracias que pueden convertirse en oligarquías sindicales, con lo que eso implica en conservadurismo y autojustificación. Su respuesta es clara y contundente: la cruzada anti burocrática y el poder sindical desde abajo.

Dos atingencias  Una primera considerando desde Perú, -donde sólidas y fuertes burocracias son tan escasas como un buen vino-, es que toda institucionalidad democrática descansa en un aparato burocrático como nos lo recuerda Weber. En el sindicalismo andino no existen grandes burocracias sindicales, pero no por eso tenemos una mejor democracia sindical. Sino todo lo contrario. Como señala Isidor, no se trata solamente de seguir las demandas de una asamblea. Las democracias plebiscitarias trasladadas al mundo sindical resultan inestables, veleidosas y proclives a la fractura.

Frente al centralismo Terzi señala un mayor poder de los mandos sindicales de abajo, con mayor autonomía y libertad.  En el sindicalismo andino,  a diferencia del europeo, los líderes locales tienen una amplia autonomía. Pueden firmar convenios colectivos de ámbito de empresa y algunas veces hasta de sección de empresa. El colectivo de un taller se autorepresenta muchas veces. Esa cultura de “sindicato de empresa” lo que nos ha traído es cacicazgos locales muy fuertes. Muchos de los cuales cumplen a cabalidad con representar los intereses de los colectivos que los han elegido. Pero nada más.  Y e, proceso de cambio y recambio, no es una fiesta, precisamente.

Asimismo, es mucho más difícil construir una lógica institucional nacional cuando tienes una miriada de liderazgos locales, todos autónomos y compitiendo entre ellos. En esa lógica concuerdo con Isidor que no basta ir por una crítica a todo centralismo, sino es necesario discernir aquello que debe descentralizarse y  aquello que no.

Toda ideología tiene rostro, brazos y piernas

El otro gran tema es el de la ideología. Tema sensible pues alude a los vínculos entre política y lo sindical. Terzi registra por un lado el mayor juego político que adquiere el sujeto sindical. Frente a esto, anota la necesidad de un ideología, más allá de lo que se entienda por ella. Pero a la vez nos recuerda aquello que tanto nos costó aprender allá y acá: las lógicas diferenciadas y autónomas entre lo político y lo sindical.

Es claro que nadie pretende regresar a las viejas y fallidas costumbres de las “vanguardias autoproclamadas”, pero también resulta claro que ni Terzi ni Isidor disponen de una alternativa real para articular lo político y lo sindical. Isidor entiende la ideología sindical como un doble “proceso de síntesis”. Bien. Muy de acuerdo. Pero no debemos olvidar que dichos procesos implican personas reales, con biografías muchas veces no sólo sindicales. No se  trata simplemente de una suma de experiencias, pues toda síntesis implica una reflexión previa que articule la diversidad en una estructura. Algo que probablemente tiene relación con lo que Gramsci llamaba “intelectual orgánico”. Un colectivo que puede moverse tanto en la política como en lo sindical. 

El celo europeo por separar a los políticos, de los sindicalistas pierde sentido cuando cruzas el Atlántico. En América latina, el traslape entre direcciones sindicales y políticas es mucho más amplio y consistente que en Europa. Evo y Lula son buenos ejemplos. Estas experiencias ciertamente tienen sus propias tensiones, pero han logrado un cambio sustancial en la correlación de fuerzas de sus respectivos países. Las relaciones entre PIT CNT y el gobierno del Frente AMPLIO EN Uruguay puede ser otro ejemplo en positivo. Ciertamente, en Europa también hay cambios. Tengo la impresión que hace una década hubiera sido imposible ver a un dirigente político de IU afiliarse públicamente a CCOO y ser bien recibido. Sin embargo, el año pasado en una ceremonia pública Cayo Lara recibe de Fernández Toxo el carnet de afiliado a CCOO. ¿Son estos cruces los que debilitan la autonomía de lo sindical? No lo creo.

Al final, la pregunta de cómo encontrar una acción sindical que tenga incidencia en la política sin ser subsumida por ésta sigue pendiente. En la zona andina no tenemos tampoco respuestas. El actor sindical tanto allá como acá, ni es ni dispone de una vanguardia, una locomotora o un timonel. Se parece cada vez más, a un surfista, que va aprovechando las diferentes olas que encuentra, sin poder encauzarlas ni dirigirlas, pero con algo de suerte avanza entre ellas. 

Postdata a la luz del texto de Baylos

Luego de leer el texto de Antonio Baylos, me quedan claras muchas cosas y surgen nuevas preguntas. El tema de la eficiencia, por ejemplo. Tengo la impresión, que tanto Terzi como los demás participantes del debate, ponen el énfasis en los resultados materiales de la acción sindical. Y esto resulta claro cuando provienes de una cultura sindical como la europea cuyo estado de bienestar se ha construido bajo esta lógica de eficiencia. Pero el propio sujeto sindical puede construir diferentes escalas de valores para establecer lo que es importante en cada coyuntura. Es decir, esta aprehensión por un tipo específico de eficiencia es el reflejo de presiones concretas de sujetos concretos. Para explicarlo en términos muy sencillos: dentro del sujeto sindical existen diferentes “idiomas”. Los afiliados o representados hablan el idioma de los resultados concretos. Y está bien que así sea, pues constituye el motor principal de la acción sindical. Los representantes, necesitan dominar este idioma para poder comunicarse con sus representados, pero entre ellos su idioma es el de los “valores”, es decir, el de la ideología en un sentido amplio y no partidista.

Por estos lares, donde ejercer la representación sindical tiene más de riesgo que de privilegio, resulta más transparente esta distinción. Una huelga es un buen ejemplo para ilustrar las diferentes escalas de valores o de “idiomas”. Para los representados, el éxito de la misma se mide –como es lógico y sensato- por los resultados “materiales”. Resultados que muchas veces pueden expresarse en un valor monetario. Para los representantes, este logro es igual de importante, pero no es el único. Cosas como “fortalecer la organización”, “ejercicio de solidaridad”, “compromiso militante”, no son solo palabras o frases de un volante, es una ideología que se expresa en acciones concretas de personas reales que consideran que hay algo más importante que unas monedas más. Tendríamos, entonces, dos maneras de entender la eficacia de una huelga. Tanto por sus resultados materiales o monetarios, en el idioma de los representados; y por sus resultados “simbólicos” en el idioma de los representantes.

En este tema, tengo la impresión a partir del texto de Baylos, que probablemente junto a la crisis de representación sobre la que discutimos, es necesario darle algunas vueltas en el caso de Europa, a la crisis de representatividad. La distancia “social” que se va construyendo entre representantes y representados es un proceso inevitable en toda sociedad más o menos compleja. Offe ya explicó este proceso tanto para la socialdemocracia y los sindicatos alemanes. La democracia competitiva de partidos y la gestión de las demandas del trabajo van creando un cuerpo especializado de representantes que es socialmente diferente a los representados.

No se trata simplemente que los “dirigidos” desconfíen de los “dirigentes”, se trata que los representantes se han enajenado frente a los representados. Y aquí nuevamente necesitamos una teoría que explique estos procesos. ¿Puede una élite económica y social representar con transparencia los intereses de un sector social diferente? Tengo la impresión que no basta hacer un acto de fe y confianza. Me queda claro, que salidas del tipo “revolución cultural” o de espíritu anarquista poco pueden aportar frente a ley de hierro de Michels. Se trata de pensar en diseños institucionales que garanticen continuidad y cambio, representatividad y representación.


Hace unos años, en América latina con el apoyo entusiasta de CCOO estuvimos discutiendo sobre la autoreforma sindical. Ahora con la crisis y otros cambios ese tema ha quedado algo relegado. Tal vez sea necesario retomarlo.