30 de mayo de 2013

JDC o lo que perdimos en los últimos años (II Parte)

CONTINUACIÓN

¿De dónde salió esta inexcusable costumbre de "resignificar" algunas fiestas que -como cualquier observador más o menos informado entiende- son solamente campañas comerciales? Recordemos que el día de la madre, del amigo, del padre, de la secretaria entre otras tantas efemérides absurdas se han constituido como parte del proceso de mercantilización de la vida cotidiana en el capitalismo global. El viejo Marx nos recordaba esta tendencia del capital por ponerle precio a todo. 

Una izquierda se dedica a develar, mediante la crítica el sentido de estas fiestas. Ahora, en cambio, nos aupamos a las fiestas. ¿No es simplemente un signo de los tiempos que el Partido Comunista por un lado y Patria Roja por otro, celebren "El Día de la Madre Comunista" con sendas ceremonias y entrega de regalos? Sería bueno recordar que sin critica al capitalismo no hay lucha contra el capitalismo. 

"Guarda tus monedas, yo quiero cambios
II Parte 
Levitsky is right

La pérdida de la cultura de izquierda que hemos tratado de reseñar y que viene ocurriendo desde hace un par de décadas es parte de la explicación de porqué el actual debate en la izquierda sea precisamente cómo dejar de ser izquierda. 

En las últimas semanas Sinesio López, Steven Levitsky, Tony Zapata han venido escribiendo sobre los derroteros de la izquierda. De ellos sólo Sinesio López mantiene una militancia en la izquierda. Los demás son free riders del pensamiento liberal progresista.  No se trata exactamente de un debate. Es mayormente un coro de voces que desde afuera nos viene diciendo lo que debemos y no debemos hacer los militantes de la izquierda. 

Un resumen apretado, y probablemente injusto del conjunto de opiniones pone el énfasis en las elecciones, las alianzas y el discurso antes que el programa. Algo más lejos hay puntos sobre la construcción institucional de la izquierda. La pregunta central y común es ¿qué debe hacer la izquierda para ganar elecciones?  

Resulta obvio que a la izquierda le interesa tener una inscripción electoral, ganar elecciones y colocar personas en posiciones de gobierno. Buena parte del actual sentido común de los analistas políticos es decirnos que para lograr esto, la izquierda debe "correrse más hacia el centro". La alianza "paniaguista" de Levitsky es probablemente la sugerencia más clara. 

Bueno, ya cansa un poco escuchar repetidas veces lo maravilloso que nos iría si moderamos el discurso, si jugamos a lo seguro y si abandonamos eso llamado radicalidad. Al parecer si olvidamos los temas del poder, las inconsistencias de la democracia en el capitalismo y los mitos del mercado-que-todo-lo-resuelve y nos limitamos a proponer políticas de redistribución basadas en la transferencia de recursos directos, muy pero, muy focalizados estaremos siendo demócratas, progresistas, de izquierda pero sobretodo estaremos siendo muy responsables

Y al serlo, vamos a conectar con los electores y ganaremos las elecciones para hacer precisamente lo que.... bueno, para NO hacer lo que queremos, sino lo mismo que haría una derecha sensata en el país.

Y ese es el problema de las propuestas de correrse al centro. Levitsky parte de la premisa que la izquierda tiene mayores posibilidades de ganar un proceso electoral si deja de ser izquierda y asume un programa de una "derecha responsable" (oximoron detected). 

Pero bueno, lo triste no es que se plantee el suicidio voluntario de toda radicalidad de izquierda, sino que esto no provoque convulsiones en la propia izquierda. ¿Es realmente nuestro problema descubrir como construir una izquierda que conquiste votos al lado derecho del escenario político?

Si la pregunta es ¿cómo ganar elecciones? muy probablemente articular un discurso electoralmente de centro va a sumar más votos. Precisamente porque es el discurso que va a decir aquello que todos quieren escuchar. Es el modelo de la "hoja de ruta". 

Para argumentar que la propuesta Levitsky resulta contraria a los intereses de la izquierda, debemos recordar que lo central para nosotros es cambiar significativamente la vida de los pobres y explotados. Y eso no se logra con un programa político basado en políticas asistencialistas y Mistura. 

¿Y si pensáramos al revés de Levistsky? 

¿Realmente es tan difícil construir una izquierda radical que sea políticamente viable? Veamos lo que tenemos: Más de una década de crecimiento económico. Casi ningún signo real de desarrollo. Importantes niveles de desigualdad económica, social, cultural, regional, laboral, etárea y de género. Desigualdad significa por ejemplo, que al reducido número de ricos en el país les va muy bien, mientras que más de la mitad de la fuerza laboral gana más o menos 750 soles mensuales. 

Y podríamos seguir atiborrando de datos. Una sociedad tan desigual, discriminadora, autoritaria y violenta ¿es el mejor terreno para un discurso que oscile entre los buenos modales liberales y la fina sensibilidad socialdemócrata? ¿Puede una coalición de tibios y moderados derrotar a las fuerzas de la derecha empresarial?. Véase a Ollanta nuevamente.

Buena parte de la izquierda ha olvidado que este es un país socialmente inestable y que se requieren de cambios radicales. Ha perdido su cultura de rebeldía y se ha dejado acojudar por los medios de prensa, el sentido común liberal, el desencanto de la política y las lucecitas de una globalización neoliberal. Mientras los pobres, explotados y marginales requieren de una izquierda de verdad. Una izquierda que cuestione al mercado, que critique la democracia formal, que asuste a explotadores y privilegiados. Recuperar la cultura política pérdida es construir esa izquierda militante y radical. Incomoda y desconfiada. 

Y así terminamos con una izquierda de dos rostros. Un lado light, yuppie, oscilando entre la tecnocracia y el simple arribismo. Sensible a las modas intelectuales, ideológicamente despreocupada y políticamente naive. Limeña pero imaginándose cosmopolita. Es el lado que quiere reconocimiento antes que militancia, aplausos antes que organización, votos y no poder popular. Es el lado que convierte el cinismo y la ambigüedad en estrategias políticas.  

El otro lado es la izquierda tradicional. Una izquierda reducida, ensimismada, congelada. Acostumbrada a repetir catecismos como un mecanismo de defensa. Anti intelectual porque hacer preguntas puede ser peligroso. Más provinciana que nacional. Es el lado del grito en si mismo, de la negación inmediata, del conflicto interminable. Confunde ideología con tozudez y hace de la intolerancia una virtud revolucionaria.

La pérdida de eso que hemos llamado "cultura política" en la izquierda nos ha hecho olvidar cosas que antes eran casi, casi evidentes. Del tipo de cosas que aprenden los niños cuando van a la escuela, en este caso a la escuelita del partido. Por ejemplo:
  • Ser de izquierda no es quedar bien con todos. Uno de los problemas que enfrentamos es la tendencia a contemporizar, a ser condescendiente en la escena política. Tenemos una izquierda que quiere ser bien vista, aceptada, integrada. Se trata de personas claro, que buscan reconocimiento, fama, popularidad. El problema es que para acceder a las simpatías de los medios oficiales y oficiosos, a las columnas de opinión de la gran prensa, hay que pasar por el aro cada vez más estrecho del silencio cómplice o de mirar a otro lado. La alternativa es simple: necesitamos un discurso de izquierda que sea coherente y no tenga vergüenza de caer mal. 
  • Ser políticamente viable no es lo mismo que electoralmente viable. Alude a un ámbito más amplio y entiende que los resultados políticos no son exclusivamente electorales. Y claro, esto pasa por reencontrar a los sujetos revolucionarios, articularlos a un programa político radical dentro de una estructura organizativa amplia basada en el ejercicio de la militancia. Y desde allí hacer política de izquierda radical. 
  • Vivimos en un orden violento. El tema de la violencia es un gran mito en la actual izquierda. No debería serlo. Vivimos en una sociedad violenta. El capitalismo es violencia. Más aún, la propia democracia representativa implica un ejercicio de violencia institucional. La izquierda radical trata simplemente de ser sensible a TODAS las formas de violencia, no solamente a aquellas que incomodan a la derecha empresarial. Ahora, la izquierda oscila entre un pacifismo supraterrenal, mientras se indigna por la violencia contra la clase propietaria. Olvida lamentablemente que el despido de un dirigente sindical por ejemplo, es un ejercicio de violencia tan grave como el secuestro de una persona.
  • Ser radical no es surfear conflictos sino darles un sentido. No basta colocarse en la banderola principal de todas las marchas.  Aparecer para la foto o hacer una plataforma tan ambiciosa que ni un gobierno de soviets podría atenderla (y probablemente no lo haría). No basta, agudizar contradicciones, gritar más fuerte o rechazar todo acuerdo. Una izquierda que llama a la lucha final cada media hora, no resulta convincente. Dirección política significa explicar el sentido de la lucha, del conflicto, lo que está en juego, lo que se pierde y se gana. Encontrar las razones centrales y actuar conforme a eso. No hay dirección, cuando te dejas llevar por lo que quiere y siente la gente mientras dices lo que desean escuchar.     
Basta ver lo que esta pasando en Europa, donde las anquilosadas socialdemocracias  son incapaces de defender el Estado Benefactor. En una situación de crisis económica, donde aumenta la desigualdad y crece el descontento, son los extremos políticos los que llaman la atención. Los sindicatos europeos rompen su alianza tácita con la socialdemocracia y nuevamente desempolvan banderolas, megáfonos y salen a las calles. Se visten de rojo y buscan a los comunistas, a los radicales. IU crece en España y el PSOE no sale de su debacle.

Y así es, aunque parezca un sueño: una opción radical de izquierdas también puede ganar elecciones. Tal vez el camino sea más largo, pero no es imposible. Nuevamente, la idea de un cambio revolucionario para nuestro país debe discutirse. Una izquierda radical es políticamente viable. Muy probablemente, no tendremos puestos para repartir en ministerios o consultorías para nuestros valientes cuadros técnicos de la izquierda sin partido, pero en cambio, si estamos seguros que algunas escenas de eso llamado lucha de clases tendrán desenlaces diferentes a los actuales.