6 de julio de 2010

Mundo del trabajo y agenda de la izquierda

Tengo 20 años y trabajo en la agroindustria. Cada fin de mes me preocupa saber si mi contrato será renovado o si me quedaré en la calle. Gano menos del mínimo, trabajo diez horas. 

Soy una obrera de confecciones, tengo 25 años y dos hijos. No tengo esposo. Hace siete años trabajo en una empresa que me renueva el contrato cada mes. 

Tratamos de formar un sindicato, nos despidieron...
Hicimos un reclamo, nos despidieron...
Hicimos una huelga, nos despidieron...

Hace casi veinte años fue derrotado Sendero Luminoso. Hace casi veinte años que un trabajador en el sector de confecciones y agroindustria puede trabajar en contratos mensuales. Hace casi veinte años que la dictadura cambio las relaciones colectivas de trabajo. 

Desde hace dos décadas, la legislación laboral ha trastocado las relaciones laborales. Es la legislación de Fujimori, dictada en plena dictadura, mediante decretos leyes. Ningún presidente desde entonces se ha atrevido a cambiarla.  

¿Puede alguien imaginar lo que es vivir con un horizonte de futuro de 30 días? Probablemente un enfermo terminal pueda entenderlo. En el Perú, cientos de miles de trabajadores viven así. No pueden imaginar su futuro más allá del fin de mes, pues sus contratos, que son la vida, tienen esa duración.  

-Pero por lo menos pueden quejarse
-No, tampoco. 

La actual legislación -que es la de Fujimori- limita toda forma de presión de los trabajadores frente a los empleadores. En los años 80s, la legislación laboral permitía diversos tipos de huelga, entre seis y siete tipos. Hoy solamente reconoce un tipo de huelga, en un momento determinado, con un objetivo determinado. Nada más. Antes siete tipos de huelga, hoy sólo uno. Antes podías hacer una huelga legal ante una injusticia o atropello. Hoy solamente cuando has iniciado un proceso de negociación colectiva y ya cancelaste el trato directo, conciliación y mediación. La ley limita hasta el absurdo las formas legales y pacíficas de protesta y disenso. 

El 2008 se tramitaron alrededor de 50 procedimientos de huelga en la ciudad de Lima. ¿Cuántos fueron declarados legales? Sólo cuatro. Todas las demás huelgas fueron declaradas improcedentes y luego ilegales. Cuatro huelgas legales para una ciudad de ocho millones de habitantes. 

Mi hipótesis es bien sencilla. Hay una relación directa entre la precarización de las condiciones de trabajo y las relaciones laborales con las posibilidades de una nueva espiral de violencia política. ¿Ó acaso creemos que la gente es idiota?   

Gustavo Faverón y Eduardo González han iniciado un intercambio sobre la agenda de la izquierda y el lugar de la lucha contra sendero en la misma. Son dos lecturas interesantes y necesarias. Entre otras  ideas señalan la necesidad de un discurso político que distinga y condene a Sendero desde la izquierda. González agrega además la necesidad de definir un "discurso de seguridad" frente a la amenaza senderista. ¿Seguridad frente a sendero para quién? Para las clases medias limeñas debe ser, pues la gente que cae dentro de esa gran etiqueta denominada "sectores populares" hace más de dos décadas que vive y sobrevive en la más completa violencia pero frente al estado y los empresarios. 

La sociedad peruana esta atravesada por estas fracturas estructurales, para usar un viejo término. La élite política -es un decir- no ha hecho prácticamente nada por cambiar esta situación. Lo real es que hoy más que nunca un pequeño grupo de empresas y empresarios locales y foráneos desarrollan un poder casi ilimitado dentro de las fábricas y en todas las relaciones laborales. La democracia, la ética, la justicia, las leyes y las formas civilizadas de comunicarse no ingresan al coto cerrado de la empresa. Allí impera el poder omnímodo del patrón. La guerra interna no ha terminado, continua dentro de las empresas.  El enemigo es la posibilidad que los trabajadores se conviertan no en senderistas, sino en ciudadanos.

El gobierno de turno, el actual tanto como los anteriores, tiene la voluntad de servir a este poder económico en la certeza que así se garantiza una continuidad social. La impunidad es total. Hace unos meses cerca de mil quinientos trabajadores, es decir mil quinientas familias, se quedaron sin trabajo en una empresa agroindustrial en el valle de Virú en La Libertad. No ha pasado nada. Una nota aislada en la prensa. A nadie le importa. A Lima, no le importa. La idea es que mientras más familias sean lanzadas a la calle, más posibilidades tenemos de reiniciar una guerra política. 

La presencia de un grupo de jóvenes senderistas en San Marcos así como en la ciudad de Lima, es parte de un proceso de radicalismo político en los sectores populares menos estructurados. Hace buen tiempo que he señalado el surgimiento de una "izquierda plebeya" que reclamaba la lucha armada como parte de la estrategia futura.   

Sin embargo, debemos entender que Sendero como propuesta política en Lima, va a correr la misma suerte que todos los movimientos que giran alrededor de un líder. Basta mirar a su otrora poderoso cabecilla para entender que es un movimiento derrotado. Que nuevamente aparezca reagrupado solamente es síntoma de procesos más complejos y profundos en la sociedad peruana. Es un reflejo de otras cosas. 

La idea es simple. La sociedad peruana genera violencia. Supura intolerancia y violencia. Entonces, el problema de un sector de la izquierda no es como señala Gustavo Faverón, luchar contra Sendero.  El senderismo crece porque nuevamente presenta un discurso radical, total y diferente a un sector social que necesita precisamente un cambio radical, total y diferente. 

A diferencia de lo que señala Eduardo González, no podemos mirarnos en el ejemplo colombiano por que aquí las clases medias urbanas -cuando existen más allá de la estadística- son ajenas a la idea de una comunidad nacional. Esta ausencia de un sujeto social, mesocrático y democrático fue parte de los problemas que enfrentó la CVR y del debate posterior sobre su informe.  

La ausencia de una mirada más social, hace que Eduardo González entienda la recurrencia a la violencia política como un asunto doctrinario de viejas izquierdas reducidas. Ojalá fuera así. 

Si tuviera nuevamente 25 años y viviera estos tiempos, sin conocer lo que fue la insania del terror senderista y del terror del estado en los 80s, si tuviera 25 años y ganara 550 soles y mirara la televisión llena de corrupción, impunidad y mentiras, si tuviera 25 años y el patrón fuera mi enemigo y dios cada fin de mes; bueno, si fuera así, es muy probable que pensara en la violencia como solución política.  ¿Quién podría culparme? 

Por eso, la izquierda necesita ser nuevamente revolucionaria. Aspirar a cambios realmente radicales. Obviamente radicalismo no significa violentismo. Se trata de señalar con claridad el cambio en las relaciones de poder que aspiramos. Solo unos ejemplos en el mundo del trabajo: estabilidad laboral como norma. Sindicatos de rama para todos. Negociación colectiva por rama de manera obligatoria. Más tipos de huelgas legales. Libertad sindical garantizada y con procedimientos eficaces. Ningún despido a un dirigente sindical. 

También se trata de señalar con claridad los limites e incongruencias de la actual democracia en su relación con el estado, los ciudadanos y la globalización. De esta línea se desprenden más temas que ameritan otro post. 

Como vemos la agenda de la izquierda, no puede ser simplemente la de vigilar a Sendero.  Se trata de construir un discurso radical y democrático que refleje los sueños y esperanzas de tanta gente ninguneada por el actual orden. Para entender mejor esto, podemos ver el siguiente video.